lunes, 17 de abril de 2017

Estimado señor M.





Hace tres años leí “Tres noches” de Austin Wright, un libro de los años noventa que recuperaron en dos mil diez. Era un libro fascinante. Metaliteratura de la buena. Había dos líneas de acción. La de la familia que tiene un encuentro en la noche con unos matones y la del escritor que está escribiendo una novela con el argumento de una familia que tiene un encuentro con esos matones. El escritor le entrega esa novela a su ex. Esta lee el libro y trata de separar la ficción de lo real. Tanto si te interesa como si no te interesa el argumento te aseguro que su desarrollo era inteligente, adictivo, original… podría seguir.
Y ahora, leyendo esta novela he recordado aquella porque vuelve a tratarse de metaliteratura y hay intriga, inteligencia, una buena estructura… Aunque el tiempo pondrá a cada uno en su sitio y seguramente me quede con el desaparecido Wright.
Aún así a esta novela no le falta su miga. Es del holandés Herman Koch y yo ya le seguía por “La cena” y “Casa de verano con piscina” que en su momento me hicieron reír pero también me hicieron pensar.
Aquí la historia va de un narrador en primera persona que parece dirigirse a un tú que no es el lector. Le habla en su mente o le escribe o ya luego le habla en persona. Es su vecino, M., un escritor de perfil medio cuyo mayor éxito fue una novela que escribió sobre dos adolescentes que hicieron desaparecer a su profesor. En aquella novela el profesor, Jan Landzaat se lía con la adolescente Laura pero esta se cansa rápido y acaba con su compañero Herman. En un fin de semana aparece el profesor para pedirle patéticamente explicaciones a Laura y luego desaparece. Les echan la culpa de la desaparición a los adolescentes pero como no hay pruebas no hay crimen. En la novela del señor M. los adolescentes son claramente responsables de la desaparición. En la realidad… ya tenemos la intriga montada. Debemos averiguar quién es el narrador y qué quiere. Tenemos un largo capítulo que es prácticamente esa novela de la que se habla encajada en el centro de la novela que tenemos en las manos. Cotejamos la realidad con lo que se escribe. Asistimos a la vida de un escritor y sobre todo a sus miserias. A veces el mundillo literario y sus mezquinas gentes me recuerda el de los poetas de “Ávidas pretensiones” de Aramburu sólo que sin hipérboles, el del holandés es más mesurado en ese sentido.
Casi todo el libro se resume en la contraportada pero al final aún hay una sorpresa que no esperamos aunque eso es lo de menos. El disfrute aquí está más relacionado con  el mundo de los escritores y con todos los trapos sucios que Herman Koch saca a la luz (nótese que uno de los personajes se llama como él aunque es más fácil imaginarle como el señor M., el escritor). 
Un auténtico artefacto de intriga y reflexiones que a pesar de todo baja un poco el listón en la para mí, nada interesante historia central de instituto y niñatos pero que aún así, se recupera enseguida y lo cierto es que no te permite dejarlo. Este hombre es como el eslabón perdido entre la buena literatura y la literatura de género o best-seller. Aunque creo que más cae del lado del mainstrean, su calidad como escritor está en el lado correcto. Y si no, lean los anteriores libros que incluyo arriba. Son incluso mejores. O eso, o es que después de hacerlo tan bien, para mí ya solo podía bajar.
Para escritores en ciernes o para escritores ya consagrados. Para escritores.

Dicen que para la mayoría de los escritores todo está fijado, que después de cierta edad ya no se acumulan nuevas experiencias” pag.36

“Ni en “El año de la liberación” ni en “Ajuste de cuentas” se deja nada a la casualidad. La casualidad hace que tanto escritor como historia pierdan credibilidad, y usted es tan consciente de ello que en sus libros se asegura meticulosamente de que cada consecuencia tenga su causa” pag.75

“Antiguamente las bibliotecas eran espacios polvorientos y de recogimiento, piensa; hoy todas intentan parecer la terminal de salidas de un aeropuerto.” pag. 97


lunes, 27 de marzo de 2017

MAN



Hace años, unos amigos míos visitaron Vietnam. No sé el recuerdo o el conocimiento que les reportó su visita. Yo no he estado nunca tan lejos. Más que el esfuerzo de hacer maletas, me costaría el esfuerzo de superar varias horas de fobia al avión (por eso tolero mejor los viajes aéreos a Europa, el pavor no llega a agotarme, antes de que me dé cuenta ya estoy en tierra). Pero como soy un friki de la literatura (y de los comics, el cine, la música… un friki punto y aparte) puedo viajar a muchos sitios sin moverme de casa. A muchos les parecerá menor el uso de la imaginación para emprender aventuras pero yo me pregunto, una vez leída esta novela… ¿Qué diferencia hay entre el recuerdo que tendrán mis amigos de su viaje a Vietnam y el que yo tengo de las costumbres de Vietnam? ¿Quién conoce mejor el país? ¿Ellos que se pasearon por los lugares turísticos y programados o yo que me he paseado por la mente de Kim Thúy, la escritora autóctona que me cuenta sus historias? Como no es una competición lo voy a dejar así.
Esta novela es ideal para la editorial Periférica. Una vez más se decantan por la estructura original y la ruptura de la historia Inicio, nudo, desenlace… No hay una narración lineal. La escritora nos cuenta su vida en su Saigón y su posterior trayecto hasta Montreal y su exilio allí. La dureza de su Vietnam y sus historias fuertes (todas las historias como las de los dictadores se parecen, compiten entre ellas para ver cuál es la más horrible) se cotejan con las de Montreal donde se casa con el propietario de un restaurante Vietnamita. Su vida occidental es infinitamente más amable que su vida en oriente. No es muy sorprendente. La gente suele emigrar por ese orden o más bien en esa dirección. Oriente está muy castigado y no todo el mundo se resigna a que le pisen la cabeza y decide abandonar su tierra aunque nunca lo hagan del todo. Thúy cuenta su historia a base de párrafos que son como capítulos pues vienen introducidos por una palabra vietnamita y su traducción. En cada uno de estos fragmentos un plato de cocina le evoca un recuerdo que nos va dando una pista nueva sobre su pasado. No hay un conflicto claro que te enganche así que esto no es más que una especie de retrato que acabas entendiendo más o menos cuando acabas la novela. El estilo es lírico y en ese terreno es dónde la novela se mueve mejor ya que se trata de una buena escritora. Hay pequeñas historias que relacionadas entre ellas por la voz de la narradora hacen que tu montes el puzle a tu manera en tu cabeza y prácticamente sea el lector quien acabe la novela. Muy Periférica, ya lo he dicho.
La escritora me cae bien, es inteligente, sabe seleccionar bien sus platos y condimenta con anécdotas adecuadas lo que escribe. Sus personajes son tan creíbles que probablemente sean reales o sigan muy de cerca a gente que ha conocido. Sólo echo en falta de vez en cuando ese conflicto. Creo que las novelas pueden ser tan ambiciosas que aún estando enamoradas del estilo no renuncien a desarrollar una historia que te atrape. Esto último no sucede aquí. Tal vez la situación de amor y adulterio que no voy a spoilear por aquí sea ese conflicto que busco, pero es tan breve y tardía que no da para decir que esto sea otra cosa que una mini-historia más dentro del plano general.
Por último decir que la novela es corta así que tampoco aburre.
Espero haber dado una idea de lo que te puedes esperar. Me consta que esta narración no es para todos los públicos pero sí merece la pena para escapar ocasionalmente de los trillados caminos de lo convencional. Y ahora sí, me vuelvo a Inglaterra o a Norteamérica (desde mi sillón español, claro). Pienso seguir picando platos exóticos. Aunque acabe regresando a dónde ya sabéis si leéis mucho por aquí(al lugar donde medio país se apuntó al Brexit pero la botella medio llena dice que otro medio no).
    
Las tradiciones culinarias se transmitían en secreto, como trucos de magia que pasasen de maestro a aprendiz, un gesto por vez, según el ritmo cotidiano. Pág.10   

En el sur de Vietnam nunca hablamos del tiempo. Nunca hacemos comentarios, quizá porque no hay estaciones, no hay cambios, como en esta cocina. Pág. 33 (¿De qué hablan en los ascensores vietnamistas?)     


“…Mamá, que me recordaba que el éxito atrae al rayo y que por eso los recién nacidos especialmente bonitos recibían apodos espantosos… Si no, llamarían la atención de los espíritus errantes celosos, capaces de lanzar maleficios.” Pág. 109

lunes, 6 de marzo de 2017

La mano invisible



Hace años, en uno de esos muchos trabajos que he tenido y me han dado pesadillas y a los que llamaba alimenticios pero en realidad todos lo son porque todo trabajo es para darte de comer salvo los que haces por gusto pero entonces ya son aficiones o pasiones, soñé toda una noche que trabajaba, tuve la sensación de que hacía un turno perfectamente descrito con sus minutos y tiempos y con la sensación de que había durado las mismas ocho horas que duraba el trabajo real. Al día siguiente tenía la sensación de que había trabajado un turno doble. O de que había despertado de una pesadilla para empezar otra peor. El sueño era malo pero la realidad me parecía peor porque se continuaría hasta que decidiera acabar ese trabajo (afortunadamente me echaron y tuve trabajos que raramente fueron peores, da igual, el trabajo mencionado era algo de fábricas, me dan alergia los trabajos mecánicos, rodeados de machos o de mujeres de papel sobre calendarios, olor a humos o a líquidos del lado de la tabla periódica más nocivo para mi salud, yo no podía estar mucho tiempo en un sitio así ni por dinero).
Y este libro me ha recordado a esos trabajos. Una novela dónde cada capítulo te describe hasta lo obsesivo la faena de un personaje. Le vemos trabajar línea a línea. El escritor nos vuelve albañiles, administrativas, vigilante, informáticos, camareros, carniceros… Los personajes interactúan levemente entre ellos, hay como un misterio por resolver en la novela pero no os hagáis ilusiones con eso porque esto es literatura de premio que es como decir que el trabajo de resolverlo todo no solo no te lo van a dar mascado sino que tal vez ni te lo den, te quedarás en un lugar más o menos cerrado o abierto, según veas las cosas y a otro asunto.
Y sí, sé que mucha gente no apreciará estos terrores que tan bien nos desbroza Isaac Rosa en “La mano invisible” y que probablemente se aburrirá pasando páginas de trabajo y trabajo sin historia en la que apoyarse o aliviarse, sólo sufriendo el tedio de los trabajadores en carne propia o dejándose caer en la sensación de la cita que abre el libro:

Y no creas que esto me ha suscitado impulsos de rebelión. No, sino todo lo contrario, la cosa que más lejos estaba de imaginar: la docilidad. Una docilidad de bestia de tiro resignada. Me parecía que había nacido para esperar, para recibir y ejecutar órdenes; que toda la vida no había hecho más que esto, que nunca haría nada más.
Simone Weill,
Carta a Albertine Thévenon

Pero sus frases largas y repletas de subordinadas que abusan de las comas y hasta del ocasional punto y coma son hipnóticas, me recuerdan los paseos de monólogo de la literatura de Bernhardt. Pero  este da vueltas sobre la misma queja mientras que Isaac Rosa tiene más bien la intención de ser exhaustivo y de explicar todo lo que ha aprendido sobre el mundo que nos describe. Y vaya si se documenta. Nivel Foster Wallace de aporte de datos (aunque sin notas a pie de página ni humor surrealista, Isaac Rosa tiene su propia voz, te guste o no). A mí lo que tal vez me ha hecho terminar el libro sin dificultades y con más placer que padecimiento ha sido la cadencia de su prosa. Porque escribe muy bien. Ciertas voces de ciertos blogs dicen que sus otros libros eran mejores. Tal vez yo he entrado por la puerta equivocada y tal vez lo hagas tú si entras en su mundo por “La mano invisible” pero por si acaso es un escritor a seguir. Si los otros “son mejores”, cómo serán. 
De aquí se sale asustado, a veces aburrido y sobre todo muy deprimido. Pero también un poco más sabio. Esto es sobre lo peor de nuestro primer mundo. No siempre será tan malo como nos lo describe pero seguro que lo es en más casos de los que pensamos.

Sinceramente no creo que exista nada que se pueda definir como primer mundo. Pero me voy a descansar.    

martes, 14 de febrero de 2017

Huye rápido, vete lejos



Fred Vargas en realidad se llama  Frédérique Audoin-Rouzeau. Lo de Vargas le viene de un personaje de “La condesa descalza” interpretado por Ava Gardner, María Vargas. Tendré que volver a ver esa película. Apenas la recuerdo. La hermana de esta escritora que es pintora también usa lo de Vargas. Me hubiese gustado ver la cara de esas dos chicas cuando pasaron la película. Las marcó de por vida.
Pero ya entrando en “Huye rápido, vete lejos”, dudo que la novela le deba mucho a la película mencionada. Las deudas contraídas por Fred Vargas como novelista son evidentemente con el género negro y muy particularmente con su trabajo como arqueóloga. En esta novela salen medievalistas consultados por la policía para averiguar qué está ocurriendo en Francia con ciertos miedos apocalípticos que alguien está sembrando. La misma escritora escribió un ensayo sobre la peste. En la ficción no nos va a dar la brasa con sus conocimientos sobre el tema pero sí veremos varios datos bien situados sobre el asunto que ayudarán a resolver el caso. O por lo menos a sentir que además de estar leyendo una novela de género aprendemos algo.
Porque esto no es novela mainstream de las que suelo sacar por aquí. Esto es novela de éxito y con muchas ventas y éxito en diversos países. Pero como había oído que Vargas se trabajaba bien el asunto de los personajes pues decidí darme un paseo por su mundo. Es higiene mental lo de entrar de vez en cuando a leer novela de género. Y si tienes suerte hasta te encuentras con algo que valga la pena y se salga de la media.
Yo de esta novela salgo más bien satisfecho. Tenía el listón muy bajo, debo decir. Durante las primeras páginas la escritora me presenta a los personajes y lo hace magistralmente, no son los arquetipos a los que nos tiene acostumbrado el género pero… no avanzaba la historia. O eso parecía. Se nos cuenta que en París el comisario Adamsberg (el personaje pertenece a una de sus series abiertas así que sale en otras novelas de la autora) investiga la aparición de unos cuatros en las puertas de ciertos edificios. También nos presenta a un marinero bretón que hace curiosos pregones en una taberna dónde sus mensajes pasan desde el estado de la mar hasta las recetas de cocina o los avisos de cierto asesino sobre sus futuros planes… La historia entrelazará estos asuntos en apariencia dispares y a partir del aproximado montón de páginas que he comentado, la narración coge ritmo y empieza a resultar más que entretenida.
Me cuesta entrar en un detective que se guía por instintos que rozan lo sobrenatural. No me lo creo. No me creo otros asuntos exagerados que van surgiendo por aquí y por allí pero lo cierto es que desde la página cien hasta el final (sobre la cuatrocientos o así), la novela no me aburre en ningún momento. Y sí me hace creer en su puñado de personajes. Variados. Necesarios o no tan necesarios para la historia pero reconocibles y trabajados sin aparente esfuerzo. También le compro el misterio en el que lo envuelve todo y el interés que mantiene. Y por último le agradezco sus breves pero interesantes lecciones sobre la Edad Media. Esto podría acercarla al estilo de Dan Brown pero afortunadamente la historia de Fred Vargas huele menos a fórmula repetitiva para hacer película y no hay hechos estúpidos donde un profesor de historia corre como un héroe de acción por aquí y por allí. Adamsberg, intuiciones aparte, es bastante más humano y algo más verosímil.

No seré el mayor admirador de Fred Vargas pero al menos entiendo un poco mejor su éxito. Y desde luego está un escalón por encima de muchos-as de sus competidores directos-as en la novela negra.           

lunes, 6 de febrero de 2017

Neverhome (Ella era más fuerte)




Este libro de Blackie Books me redime de aquel “Lolito” infame de la misma editorial que reseñé por aquí. En realidad redime a la editorial. O lo hace a mis ojos. Porque ya nos estábamos llevando mal. A pesar de que cierto excompañero de biblioteca siempre me la recomienda y asegura que “todo lo que publican es muy bueno”.
Así que acepté una de sus últimas sugerencias. Me dijo que Laird Hunt era muy bueno aunque él solo había leído su anterior novela La benévola (Blackie books,2013). Y que desgraciadamente no la tenían en ese momento. Buena señal, eso es que la seguían pidiendo prestada. Es un libro con muchos pretendientes a pesar de no ser un título comercial. Pero vayamos a este que nos ocupa.
Neverhome (ella era más fuerte) nos cuenta la historia de Ash Thompson, la historia de una soldado que en la guerra que enfrentó al Norte contra el Sur en los Estados Unidos se alinea a favor de los norteños contra los esclavistas. Ella en realidad se llama Constance y es una de esas mujeres que a lo largo de la Historia han conseguido sus derechos a base de hurtarlos, de agenciárselos de tapadillo disfrazándose de hombres. El travestismo como truco feminista.
Por lo que leo en la contraportada hay censadas 400 mujeres que se confundieron en el paisaje masculino de aquella guerra y fueron al frente para disfrutar de los maravillosos olores, piojos, hambruna, amputaciones, vísceras al aire y cráneos reventados de la guerra. Yo siempre he estado a favor de que las mujeres tengan la igualdad absoluta. Compartirlo todo con ellas. En lo bueno y en lo malo. Y el marido de esta señora piensa como yo porque mientras ella prefiere irse a la guerra su marido se queda de amo de casa escondido en su granja, en ocasiones expuesto a las humillaciones de algunos habitantes del pueblo. Pero a salvo de otras penalidades de la guerra.
Algún comentarista dice que aquí se genera una controversia. Esa que nos hace preguntarnos ¿Debe el feminismo orientarse hacia mujeres que hacen lo mismo que los hombres o por el contrario conseguir todos los derechos pero mantenerse en su femineidad, sea lo que sea eso? Y claro, parece que Liar Hunt hace que su feminismo sea el de una mujer que se convierte en hombre. Pero discrepo. Creo que el libro es más sutil que todo esto. Porque Constance hace de soldado y lo hace tan bien como cualquier otro hombre. Pero también tiene otros matices. Unas veces heroica, otras veces cobarde (interesante el discurso paralelo sobre el miedo  que me deja la sencilla frase final de la novela y que no diré por no contar demasiado), en ocasiones implacable, otras piadosa… Esta versatilidad emocional la hace humana y para mí, viene a decir que antes que mujer es persona, como cualquier hombre, y eso es la que la iguala. Su discurso feminista no está en el hecho de que ella adopte un rol masculino sino en el hecho de que lo puede hacer tan bien o tan mal como un hombre pero independientemente de eso, debería tener derecho a hacerlo si quiere o a renunciar del mismo modo. Y lo más brillante es que a veces olvidas ese discurso porque te limitas a seguir su larga peripecia a través de una prosa ajustada sin excesivas florituras pero con ocasionales aciertos estéticos, bien medida, en una primera persona pensante y “reflexionante” y hasta “soñante” (suele evocar a su madre muerta o su marido abandonado en sus sueños o pesadillas). Las escenas de guerras son terribles pero el escritor debe entender que ya hemos visto mucho de eso y no se recrea en ese asunto, siempre acaba esquivando el campo de batalla como hace su protagonista y nos lleva por el camino del pensamiento humanista.

Dice la publicidad de la novela que Paul Auster se quedó sin respiración mientras la leía. Creo que Paul Auster fue atendido rápidamente de su fallo respiratorio porque sigue vivo. No creo que se te tenga que parar nada leyendo esta historia pero sí que es brillante sin alardes. Y tendrá película( o ya la tiene, ya lo consultaré por ahí). Precisamente mientras la leía pensaba que me gustaría verla en el cine. Yo me la imagino como una de Terrence Malick pero ya tiene otro director asignado. Veremos.        

lunes, 23 de enero de 2017

Islas flotantes



Periférica es una editorial experta en brindar rarezas absolutas. Ocasionalmente me encuentro libros más convencionales como los de Cristopher Morley (recomendable literatura que habla de libros). Pero otras veces ese gusto por lo bizarro acaba hasta con mi paciencia. Y no es que le haga ascos a la variedad. De ellos en plan raro leí a Rita Indiana que me sorprendió favorablemente. También a Carlos Labbé a quién pensé, mientras leía su novela, que no me hubiese importado enviarle un paquete bomba, asesinarlo, y que no volviese a hacerme perder el tiempo con novelas tan insoportables. 
Pues la novela de Joyce Mansour me deja en un lugar más cercano al del escritor chileno que al de las otras que me gustaron tanto.
Vaya por delante que no me gusta el surrealismo. Si a ti te gusta tal vez esto sí esté escrito para ti. Por más que hay un postfacio del traductor que se empeña en contarnos que esta escritora conoció a Breton pero se negaba a admitir que se adhiriera a su corriente, que la autora tenía un estilo propio e inimitable. También, en un ejercicio de honestidad nos cuenta en ese postfacio y en un extracto para la contraportada, que no es una novela fácil. Pues no, no lo es. Ni siquiera creo que sea una novela. Tal y como nos cuenta Antonio Ansón, el señor que traduce, el título es por un postre del mismo nombre. La escritora escribe pequeñas “islas narrativas”. Son fragmentos de información más que una historia que fluye. Están más cerca de la poesía que de la novela. Aunque hay un leve hilo narrativo. La narradora visita un hospital donde su padre está enfermo de cáncer. Luego la ingresan a ella. Somos testigos de sus fantasías. Estas se mezclan tanto con la realidad que no sabemos distinguir las unas de la otra. Todo es sobre cáncer, decadencia, un sexo furioso, una escatología que me ha hecho recordar Zonas húmedas de Charlotte Roche (aunque esta es más legible). Pero su prosa lírica y extraña y única me parece que es tan narcisista que agota. Un libro que no consigue llegar ni a las cien páginas (descontemos postfacio), se me hace largo. Dejen que les enseñe cómo escribe y luego ya decidan porque yo hoy no tengo el día. Al menos que hable un poco esta escritora egipcia con pasaporte británico (nunca quiso ser egipcia).

“Dos viejos saltaron sobre mi espalda, acribillándome las nalgas con sus lápices de colores; apuntaban demasiado alto en su impaciencia, ¡pero qué más da! Un maltés, chorreando mocos, hundió su daga entre mis muslos; después, estornudando feliz, enhebró su escroto por el ano de la drogadicta”Pag.40

“Si el orgasmo queda todavía en entredicho, la función nutritiva de ciertas formas de masturbación ha sido ampliamente aceptada en los hospitales suizos”pag.51

“Levantó las viejas nalgas cóncavas con unos cuantos lengüetazos. De ahora en adelante, me temo, el aire de la gran noche se deslizará por la ventana entreabierta: vía anal, mirando hacia la luna”pag.89


Se acabó. Si transcribo un poco más transcribiré el libro entero que es corto. Como si no fuera bastante con haberlo leído.   

martes, 10 de enero de 2017

El círculo



El argumento es sencillo. A Mae la contratan de la empresa de Internet más importante del mundo por mediación de una influyente amiga. En la empresa trabajan con el Círculo, un sistema operativo que unifica direcciones de email, perfiles de redes sociales, operaciones bancarias, etc. Durante las primeras páginas entraremos con Mae y veremos el lugar, sus oficinas, sus cafeterías. Aparentemente poco interesante para tanta página sin capítulos, todo en línea recta, en bloque. Y aún así el autor sabrá mantenernos alerta porque sentiremos que detrás de esos jefes tan “majos” y de esos compañeros tan estupendos y de esa vida idílica de empresa moderna que cuida a sus empleados se esconde algo más. Quedará alguna de esas revelaciones para la segunda parte.
A mí David Eggers nunca me había apasionado. Empezamos mal. Alguien me lo comparaba con David Foster Wallace que es como comparar un huevo con una castaña. Es por eso que tenía todas las de perder. Así que no me gustó demasiado su Ahora sabréis lo que es correr (2004). Más tarde le di una oportunidad con Un holograma para el rey (2013) y la cosa fue mejor pero me faltaba algo. Y con este libro creo que ya nos hemos reconciliado del todo. Porque es la primera vez que me cuelan un libro como ciencia ficción y no veo la ficción por ningún sitio. Mientras leía sobre ese lugar en el que todo el mundo estará conectado por cámaras que se disimularán con el paisaje veo en mi realidad que los ojos de control se multiplican por el bien de nuestra seguridad y se intensifica el control al ciudadano esgrimiendo la amenaza yihadista para que no nos exaltemos. Y leía sobre esa reunión de aplicaciones para rastrear todas nuestras búsquedas por Internet, hacer un Big Data con nuestros intereses y vendernos productos o sencillamente tenernos bien controlados y mientras me instalaba gratis el Windows 10 que unificaba muchos servicios en uno y me arrepentía porque no paraba de bombardearme con Amazon y no me dejaba desinstalarlo de Chrome y además no me dejaba recordar servicios o extensiones que incluyo (como Adblock para que el Spam me deje respirar) pensaba todo el tiempo en “El círculo”.
Este libro se vende como el futuro pero parece ahora. Los internautas denunciados como secta contra los analógicos que son tratados como viejos dinosaurios. Tal vez no hayamos llegado a ese extremo, ahí todavía no. Pero el camino se va allanando. La idea de que una empresa controle más la información que un gobierno no solo no es original sino que es real (lo de las elecciones de Trump con manipulaciones turbias en la red social es noticia actual).
No sé si como dijo algún comentario que me animó a leer este libro, puede tratarse del 1984 Orweliano. Nuestra sociedad no está preparada para ofrecer clásicos, se pierden entre las novedades, la cantidad de información es tan abrumadora que es difícil tener referentes. Pero desde luego este libro vale su peso en páginas, unas 450 de literatura dónde casi todo se escribe por algo. Y más de uno se aburrirá porque la resolución del misterio se estira pero es que esto está más cerca del ensayo o la especulación social que de la narrativa de ficción. Por más que varios personajes quedan muy bien descritos en sus páginas. Si acaso su defecto es que tal vez no se debió alargar tanto ni hacer tantos subrayados sobre lo que nos quiere mostrar pero sigue siendo tal vez el mejor libro de Eggers. Por fin he podido olvidarme de esas feas comparaciones (aunque a Foster Wallace no le gana nadie).
Aquí, sobre lo de no dejar de trabajar incluso cuando acaba tu tiempo de faena, en Francia ya se está legislando sobre ese asunto:

-      Manejas bien tu carga de trabajo. Pero el pasado jueves por la noche te echamos de menos en la fiesta del Viejo Oeste, que fue un evento bastante crucial de cara a la construcción del espíritu de equipo, y centrado en un producto del que estamos muy orgullosos. Te has perdido por lo menos dos eventos para novatos, y en el circo parecía que te morías de ganas de marcharte. Creo que te largaste después de veinte minutos. Y serían cosas comprensibles si tu Nivel de Participación no fuera tan bajo. ¿Sabes qué puesto ocupas? Pag. 166 

Sobre tenernos controlados por nuestro bien con la vieja idea de Eurípides de que si quieres que algo no se sepa no lo hagas:

-Bueno, cuando algo se guarda en secreto, pasan dos cosas. La primera es que se pueden cometer delitos. Cuando no tenemos que rendir cuentas a nadie nos comportamos peor. No hace falta ni decirlo. Y la segunda es que los secretos provocan especulaciones. Cuando no sabemos lo que nos están ocultando, hacemos conjeturas y nos inventamos respuestas. Pag. 272       


Pues eso y parecido es esta novela. Es la idea de Internet como futura secta lavándonos el cerebro. Bien entendida puede ser una forma de tomar una distancia crítica y us las nuevas tecnologías con precaución. Rechazarlas no, no seamos extremistas.