viernes, 10 de junio de 2016

Cinco esquinas



Vargas Llosa ha vuelto a escribir libro y es uno de los pocos escritores que podemos considerar mediáticos sin ser exactamente televisivos (aunque últimamente esté viviendo una cuarta o quinta juventud o decimoctava con alguien muy mediática). A la que hay libro suyo en la calle, los periódicos en su sección cultural y las revistas literarias y hasta los programas de televisión nos avisan cada día, no se nos vaya a olvidar.
Yo le llevo leyendo casi veinte años. Desde que marcó mi experiencia como lector con “La tía Julia y el escribidor”. Un libro que sumaba las estructuras faulknerianas sofisticadas al sentido del humor, a la construcción inteligente de personajes entrañables… Era la modernidad literaria en Sudamérica. Yo lo leí tarde pero seguía siendo un libro nuevo, no envejecía. Estoy seguro de que si lo releyera sería igual de bueno. O su “Elogio de la madrastra”. Un poco menos su segunda parte “Los cuadernos de Don Rigoberto” pero también. Y luego también me gustaron “La fiesta del chivo”(política dictatorial y heavy), “Las travesuras de la niña mala”(travesuras de escritor calentorro pero divertido sin más), “La guerra del fin del mundo”(ambicioso y bien llevado), “Conversación en la catedral” (obra maestra de estructura a la que tengo que dar una nueva oportunidad porque leí con prisa y mal), “El hablador”(bueno) “Como pez en el agua”(autobiografía de su periodo como candidato presidencial de lo más reveladora, maravilloso libro), sus ensayos literarios (inspiradores), sus obras de teatro (menores), sus cuentos (pichí, pichí pero bueno, más o menos), “Pantaleón y las visitadoras” (como la tía Julia, entrañable, bueno y divertido), “Lituma en los Andes” (un premio planeta que no fue lo mejor de su obra pero interesante como novela negra, mejor de lo que suele dar ese género), “El paraíso en la otra esquina” (quise ser Gauguin aunque luego en la realidad no sé si hubiese podido), “Quién mató a Palomino Molero” (no me acuerdo así que…), “Historia de Mayta” (no le pillé la gracia, creo que hablaba de cuando él era rojillo peruano y por mí vale pero creo que me aburrí, otro a revisitar), artículos periodísticos (me encanta el género periodístico así que no digo más) y luego… le dieron el premio nobel con “El sueño del celta”. Creo que le pasó como a Dicaprio. Que había que dárselo porque se lo debían y no se lo dieron por lo mejor de su obra. Es el primer libro suyo que parece de otro. Narrativa plana sin imaginería lingüística marca de la casa. Sin casi nada. Si no sabes lo que Bélgica le hizo al Congo te entretendrá pero yo ya llevaba la literatura al respecto de Sebald o de Conrad.  Para mí, este libro sin forma ya estaba de más. Lástima.
Es por eso que llegué a su penúltimo libro, “El héroe discreto”, sin esperar mucho. Pero me lo pasé bien. Tampoco era su estilo pero era divertido. Un libro sin pretensión alguna. Ganas de divertirse de manera comercial pero con un algo de calidad. Como “Travesuras de la niña mala” pero más light. Y aquí empezó mi conspiranoia. Vaya por delante que yo me río mucho a cuenta de los conspiranoicos pero a mí este libro me parecía escrito por Jaime Bayly, su compatriota más dicharachero. Bayly hace literatura con acento peruanísimo y dejes locales de lo más simpáticos, cargado de sexualidad equívoca, de humor, de ganas de epatar. A mí me divierte, he ido a que me firme algunos libros por Sant Jordi. Es un tipo ingenioso y polémico.
Aunque creo que ya no se lleva bien con Vargas Llosa. Este odia a Fujimori. Bayly defiende a su hija como presidenciable futura del Perú. ¿Entonces? Pues no sé porque tanto el libro mencionado del héroe y este que nos ocupa (y del que debería escribir algo y llevo una entrada larguísima sin mencionarlo todavía), parecen escritos por Jaime y no por Mario. Pero vamos, que a veces los maestros aprenden tanto de sus discípulos que acaban imitándoles. Son maestros que copian a discípulos que en su día les copiaron a ellos. Feedback artístico.
Y este último libro parece más Bayly que Llosa por el modo en que trata el lenguaje. Ya no hay imaginería ni hallazgos formales. Se usan las palabras de manera funcional para hacer reír. Todo su ejercicio de estilo ha desaparecido. Se mueve entre la gracia fácil, el deseo epatante a lo Bayly (el modo en que trata la homosexualidad casi es exhibicionista, sorprendente en este octogenario en proceso de resurrección, no hay sugerencia, hay evidencia y subrayado grueso, las escenas lésbicas parecen la forma en que él fantasea cuando se tiene que poner a tono, no es amor lésbico, es sexo de peli porno para hombres, sin más). Hay un capítulo de los finales que retoma esa estructura difícil pero con un truco repetido de los suyos, creo que de “Lituma en los andes”. Varios personajes viven sus experiencias paralelamente, el lector tiene cada dos párrafos un cambio de lugar y personajes y tiene que adivinar dónde está y quien habla. Pero lo dicho. El truco es viejo. No hay un verdadero alarde experimentador. Este hombre escribe ya como el abuelo que mete barcos en la botella. Es su afición para cuando su nueva y flamante mujer esté ocupada. Como ya hizo historia literaria, ahora se dedica a hacer historietas. O a lo mejor es el modo de llegar a más público. Los grandes premios te dan prestigio. Los libros comerciales te dan dinero. Pero… ¿a él le hace falta el dinero? No, prefiero ver este libro y el anterior como divertimento de escritor que se lo puede permitir.
Aún así el libro es agradable de leer si no te apetece nada fuerte. Hay que llevarse algo a la playa y la gente no suele apostar por cosas como “La república” de Platón. Esta novela sirve para eso, para el verano y las neuronas perezosas y no es tan desastrosa que nos sintamos insultados, hay grandes momentos y los personajes están muy bien dibujados(también las situaciones). Es literatura comercial, muy comercial para venir de quién viene. No llega a Best Seller (aunque venderá mucho) pero se queda a medio camino. Hay que entender que no todos los libros quieren ser obra maestra. Algunos solo quieren que pasemos un buen rato. Y a mí, contra algunas críticas que lo destrozan por su falta de ambición, debo decir que de tanto en tanto prefiero algo así, menos engreído, más natural. Este escritor en zapatillas de andar por casa se lo está pasando bien. En su vida y en su escritura. Ahora ve y dile lo que tiene que hacer. Con ochenta años. Aunque lo de Panamá no se lo voy a perdonar, eso no. La literatura, eso sí, es otra cosa.

  

martes, 17 de mayo de 2016

El inicio de la primavera



A los que nos gusta escribir además de leer, ciertos libros son algo más que lo que nos cuentan. Pueden llegar a ser auténticas clases magistrales de cómo mejorar en nuestra afición.
Leyendo a Penelope Fitzgerald no puedo evitar el punto de vista de alumno. Con esta obra fue finalista del premio Man Booker del 1988. Lo era por segunda vez en este prestigioso premio de, sin embargo, patriarcal denominación. Y desde luego debió ser una justa finalista. Tanto que he ido a curiosear quien fue el ganador y me sale que Peter Carey, un tipo con bastante prestigio pero que a mí no me ha demostrado aún gran cosa. Leí algo suyo que no me dejó muy impresionado pero todos cambiamos, volveré a él cuando pueda. De momento tengo a Penélope, esta elegante escritora inglesa publicada por cómo no, Impedimenta. Traducida por Pilán Adón, una escritora española muy amiga de lo sutil y de escribir historias dejando al lector que construya entre líneas, no dándolo todo mascado. De ahí que esta obra de traducción deba haberlo sido también de amor. Y se nota. Una delicia de principio a fin. Premio a la escritora y premio también para la traductora por no ser traidora. Estoy seguro de que el original inglés no puede estar lejos en intención de esta traducción que entiende el estilo de Fitzgerald.
La novela está ambientada en la primavera de 1913 en Rusia. La escritora había viajado allí así que escribe sobre sus experiencias, suele ser mejor así. Allí el impresor Frank Reid se queda compuesto y sin esposa. Esta le deja con sus tres niños y ahí se las apañe. Pero pronto llegará una extraña jovencita rusa que cuidará a sus niños y… Da igual, no penséis que ya conocéis el final porque nada de lo que suceda se acercará a lo que habéis pensado. Esto no es literatura de fórmula. Tampoco se nos explicará en grandes y elocuentes y calculadas escenas de pasión. Aquí las revelaciones se suceden como en la vida. Tarde o cuando no te las esperas. Casi no te das cuenta de que se te ha revelado algo porque sucede en un momento rutinario y se habla de ello como si no se estuviese realmente contando algo relevante. El gran misterio de esta novela es saber por qué la mujer del impresor se fue pero luego hay misterios añadidos. Y preguntas que te puedes hacer al final y que quedarán en abierto, para que las pienses tú y te montes tu propia aventura pero tranquilos-as, las líneas básicas quedan explicadas. La historia tiene un desenlace que cierra sus cabos más importantes. Aunque como dice el epílogo, estos susciten nuevas preguntas.
En este libro, decía, se aprende a escribir obra clásica o moderna. La forma en que puedes describir a un personaje en un párrafo (desde James Salter que no leía a nadie dar pinceladas tan precisas y acertadas), a no ser efectista, a resultar verosímil en todo momento, a escribir menos para que sea más, a estructurar bien un libro, a fabricar el tiempo literario, a sugerir sin mostrar…


A veces la narradora nos hace volver a leer la misma página porque algo relevante ha pasado y sentimos que se nos ha escapado. Este libro no puede estar arriba en las listas de ventas precisamente por eso, porque estas se definen porque la mayoría no tiene cierto nivel y la mayoría tiene que leer algo más fácil de consumir. No es una queja, es lo que hay. La literatura más compleja o elitista no puede arrasar en las librerías debido a que no todos los lectores pueden dar el tipo o porque se necesita cierto bagaje anterior para disfrutar de todos sus matices. Pero Impedimenta ya ha apostado por Fitgerald más de una vez, leí “La librería” hace tiempo (un libro autobiográfico pero creo que inferior a este). Creo que también hay un espacio para que juguemos los que hemos leído mucho y no podemos seguir leyendo siempre lo mismo.

Al final del libro hay un Postfacio de Terence Dooley que enriquece el libro y nos hace querer saber más no solo de la literatura de Penélope Fitzgerald, si no de su vida, una mujer que publicó su primer a los cincuenta y ocho años. O que a los cuarenta y cinco había perdido su casa y empezaba su vida desde cero y consiguió vencer todo tipo de adversidades en plena madurez. Interesante.  

viernes, 29 de abril de 2016

Los reconocimientos



Aunque nunca me suele faltar material para escribir en este blog ya que siempre tengo algún libro entre manos que podría reseñar, estas dos semanas he estado absorbido o más bien secuestrado por la monumental obra literaria que me ocupa(1369 páginas en la edición de “Sexto Piso”). Este libro es un desafío. Algunos lo definen como proponerse escalar una montaña alta, un Everest literario. Y les entiendo. Yo hasta la fecha siempre les pongo mis ítems literarios para definir la dificultad. Cuando les hablo de literatura digamos… complicada, utilizo o utilizaba a Pynchon, Foster Wallace, en menor medida Delillo… Pero este año he descubierto nuevas referencias para amenizar este blog y poder decirles que están en las últimas pantallas o niveles del videojuego “vamos a leer libros difíciles”. Me he tropezado con Rita Indiana y Pola Oloixarac. Y ahora, tachaaaaaan, William Gaddis. Ya no tendré que recurrir a los citados Foster Wallace y compañía para definirles la naturaleza de lo esforzado. Tengo nuevas adquisiciones.
Debo decir que no soy masoquista. Leo por placer. Así que si busco libros que me desafíen es porque ocasionalmente me agota la nadería y lo simplista de lo que leo y me tomo la lectura como un juego. Como lector maduro necesito que el juego sea adulto así que no me escondo de un escritor que respete al lector y no se lo dé todo mascado. O quiera que la literatura que hace sea algo más que lo ya leído. Por supuesto, intento que estos libros me vengan avalados por las críticas de gente en la que confío o de buenas editoriales en las que también confíe o tengan un aura de prestigio que no me haga esforzarme para nada. Hay libros que se esconden en la dificultad para no mostrar sus verdaderas cartas y demostrarnos que son basura pretenciosa.
Este escritor escribió “Los reconocimientos” después de varios años de viajes por Europa, África, dónde se empapó de culturas ajenas a su Norteamérica natal, dónde fue retocando y buscando el tono de la que sería su primera novela y publicaría ya con más de treinta años en el cincuenta y cinco(la comenzó con veintipocos años). Este es un libro que le debe mucho a la ruptura con las convenciones que ya hizo Joyce en su Ulises. O el americano Faulkner pero más el primero. Es un libro que busca captar toda la realidad o hacernos creer que está en todo. Pasajes dónde un personaje pasea por París y escuchamos y vemos hasta el último pensamiento de la gente que le rodea, toda la mezcolanza de las impresiones que recibimos los humanos en un simple pasear. Hay al menos tres fiestas y una de ellas de al menos un centenar de páginas dónde solo hay diálogos y estos están tan desordenados como lo están en una fiesta dónde la gente se emborracha. Esto me ha recordado a Proust al que también se cita, otro fiestero literario.
También hay mucho humor, bendito humor. Si te pierdes un poco con la historia principal (en realidad, como sucede con estos libros, no hay mucho nudo pero lo hay o yo he creído verlo) te puedes entretener con los chistes.
Hay un capítulo inicial dónde conocemos al quizás personaje principal de la obra de un modo más convencional. El primer centenar de páginas es un engaño de facilidades para que sigas con el libro pero luego ya pasarás al capítulo del que hablo en París, a las visitas a España o Italia (español, italiano, francés… hay bastantes frases no traducidas porque así era el original pero que tampoco nos tienen que amargar la vida, especialmente las ejem, frases en castellano, no son tantas). La visión de una España pobre que no tiene nada que ver con la del guiri al uso, aquí si hay profundidad de análisis. Pero el tema principal de la novela es el que comienza ese pintor cuyo drama es que no es original, que quiere ser un pintor clásico y que reflexiona sobre la autenticidad del arte. En este libro se trata la falsedad desde todos los ángulos. Desde la falsificación de la pintura (tema casi central) hasta la mención de un trozo de carne medio podrida que se colorea para que de buena impresión o los brazos o piernas de santos falsos, el diente de oro de mentira de un personaje, el peluquín o bigote postizo de un falsificador de monedas… Todo es falso pero a veces lo auténtico nos engaña y hay gente que lo cree falso. Este libro nos hace dudar de todo. Hasta de la historia que leemos. Es fácil perderse en sus páginas, en su cambio abrupto de un personaje a otro, de un país a otro, de los puntos de vista del narrador, todo es difícil pero no tanto como dicen que lo sería el Gaddis posterior. Da igual. Si no tienes mucho tiempo o ganas de leer algo así ni lo empieces. Ya os he informado de en qué lado de la Literatura juega este señor. Yo lo considero una obra de arte pero depende de lo que te apetezca, tú lo puedes considerar un infierno. Aún así creo que nunca lo olvidaré. Es imposible quedar indiferente. Subrayo algunos pasajes pero podría subrayar muchos otros en casi cualquier lugar del libro, es una novela inagotable. Si la leyera otra vez sería un libro nuevo para mí y también sería bueno. Como dice el señor H. Gass del prólogo este libro es como la vida y no te abandonará nunca, no lo entenderás por completo pero la vida tampoco la entiendes del todo, hay asuntos que se te escapan y eso no te impide levantarte de la cama. Del mismo modo, cuando veo un telediario de la BBC sin subtítulos puedo entender algo aunque se me escapen frases o giros idiomáticos. El contexto te ayudará a entender, no seas exhaustivo ni quieras saberlo todo. Te frustrarás.

Alguien le había dicho que las baterías de los coches europeos duraban años, pero aquí las compañías poseían las patentes de esas baterías de larga duración, y las tenían bien guardadas mientras vendían otras para sustituir las que habían vendido el año anterior.  (este hombre ya sabía lo que era la obsolescencia programada o tenía consciencia de ella sin llamarla de ese modo)

Eminentes científicos coinciden, tras análisis exhaustivos, en que un producto químico que vale quince centavos el galón, metido en un frasquito lujoso con un montón de términos científicos, resulta superior. (marca blanca o no marca blanca, esa es la cuestión, pero Gaddis ya sabía también la importancia del prestigio de la marca)   

El amor que recibo de otros no es amor por mí, sino donde ellos intentan encontrarse a sí mismos, amándome.

…no en busca de la verdad, que no tenía ningún valor en el mercado…, sino de “un buen precio en el mercado” (buena parte del arte moderno es especulación pero arte… no, este pasaje me da un poco la razón)

Todo el mundo tiene esa sensación cuando mira una obra de arte y está bien, esa súbita familiaridad, una especie de… reconocimiento, como si la estuvieran creando ellos mismos, como si se estuviera creando a través de ellos mismos, como si se estuviera creando a través de ellos mientras la miran o la escuchan.  

La gente que te pide compasión te odia después por dársela. Siempre te odian después.


lunes, 11 de abril de 2016

El secreto de Reginald Perrin



Hace casi dos años leí “Caída y auge de Reginald Perrin”. No pude disfrutar más. Era humor inglés casi de manual. Y digo casi porque si fuera de manual se le notaría demasiado pero leerlo no era una labor estudiosa sino más bien hilarante. Al autor le salía natural. A pesar del mucho trabajo que debe de haber detrás de unas comedias tan bien montadas.
Este libro apareció originalmente en la Inglaterra del 77. Es segunda parte del citado arriba y supuestamente escrito para complacer a los lectores y televidentes que vieron la serie en su época. De hecho, este libro debió nacer a la sombra del éxito. Y aún aparecerían un par más de Reginald Perrins. Yo busqué en la wikipedia qué hacía David Nobbs actualmente y he descubierto que desde Agosto del año pasado alimenta a los gusanos. Descansa en paz, genio, eres otro de los que no se han ido de este mundo sin aportarle algo bueno.
Incluso discípulos ha dejado. Como sin ir más lejos el gran Jonathan Coe. Claro que en Inglaterra es difícil apreciarlo. Este humor también está en Woodhouse que por edad sería maestro y no discípulo. O en David Lodge. O en muchas de las comedias de risa enlatada.
Yo crecí en mi televisión autonómica viéndolas, me marcaron tanto que acabé anglófilo perdido. Luego la música british terminó de volverme así, muy de la gran Bretaña. A pesar de sus defectos imperialistas y su tendencia a ser tan, tan suyos y tan cerrados, tan chauvinistas. Pero por más que creamos en el carácter nacional no soy muy de juzgar a la gente por su patria. Ni de creer que les conozco a todos. Aunque sí, al igual que el también catalán Kiko Amat, autor del postfacio, los británicos nos pierden. No sé qué nos pasa por Cataluña que hay tantos amantes de las islas norteñas, tal vez las citadas series de las autonómicas nos dejaron así de snobs (claro que yo no desprecio un buen libro patrio o sudamericano o de dónde sea, hay un tiempo para todo, amo lo internacional y nacional en general pero Inglaterra en particular, sin exclusiones). 
Reginald Perrin era el típico oficinista aburrido que quiere cambiar su vida en la primera parte y se hace pasar por muerto para cambiar su identidad. En esta parte, no contaré todo lo que ocurre en la primera, todo vuelve a estar en su sitio pero a Regi le vuelve el tedio y decide montar una tienda dónde solo se venda basura. Por romper la monotonía, por demostrar que si la gente compra basura que le vende como si fuera calidad, él al menos lo hará avisándolo con sinceridad. La novela regresa con los malentendidos habituales, las repeticiones hilarantes, los juegos de sentidos y palabras ingleses, la ironía… pero también el profundo sentido filosófico de la existencia humana. Detrás de sus chistecitos y bromas hay también lucidez y crítica mordaz sobre casi todo. Y una muy inteligente. 
Impedimenta dice publicar libros de la cultura occidental. Yo diría que más bien cojean del pie británico (eso también lo ve Kiko Amat en el postfacio). Y nosotros dos que lo celebramos. La casita de jardines a las afueras de la portada es un referente habitual de algunas portadas de esta editorial de Madrid. Con eso ya me han atraído. Luego falta que el producto esté a la altura de las expectativas. Y vaya si lo está. Esto es un clásico del humor que creó tendencia con su personaje. Esto es de lo mejor. Esto es como un post-it que nos recuerda a muchos que tener un trabajo, una casa y una familia no tiene por qué ser la felicidad sino más bien lo contrario. Reginald Perrin es lo contrario del hombre rutinario. Cuando todo le va bien se empieza a aburrir. En la primera parte era infeliz con su pobreza, en la segunda lo es con su riqueza. No sé qué le deparó el futuro en las dos restantes. Sí sé que en estas lo superó saliendo de su zona de confort como un Bowie vital y se reinició. Regi muere como Cristo para renacer. Pero lo hace como un humano. No queremos ser él porque realmente ya lo somos. Si tenemos un trabajo que nos disgusta y unas ganas locas de abandonar nuestra vida para vivir otra ya somos Reginald Perrin. O Elizabeth, su mujer, esto no es literatura exclusivamente masculina, sus mujeres son tan irónicas y a veces más inteligentes que los hombres.

-      No creo que la mujer llegue nunca a alcanzar la igualdad real.
-      Y tanto que no-dijo C.J.
-      Por eso no deberían abandonar jamás la lucha.    

Ahora me toca devolver el libro a la biblioteca y como todos los que me gustan de un modo especial tal vez ir a comprarlo y tenerlo en formato físico. Porque sé que me gustaría releerlo, porque no quiero dejar de regresar a ese mundo y esa filosofía.


-Todos los matrimonios, malas rachas. Dentro de lo normal- comentó Jimmy- La mala racha en mi matrimonio: de la luna de miel al divorcio. 

domingo, 3 de abril de 2016

Las teorías salvajes


¿Sabes cuando estás en la playa y metes el pie en el agua y está muy fría y tratas de hacer el cálculo de si te conviene entrar de golpe o poco a poco y exponerte a las salpicaduras de los patanes y por tanto, a una tortura lenta? Pues cálculos como esos hago al entrar en novelas a las que ya se les ve el plumero desde la primera página o el primer capítulo. Abro el libro y trato de entender su temperatura intelectual. Si la prosa es densa, difícil, ya sé que voy a tener que entrar lentamente en el libro, abandonar el piloto automático y leer con todo el intelecto y sin distraerme mucho. Porque sí, hay libros tan sencillos que casi me permiten leerlos y hacer otra cosa como ver la televisión o escuchar conversaciones en un bar. Esos libros sencillos te permiten leer sin pensar y regresar y no perder ni aún así el hilo. Esos son de chapuzón rápido. Entro y salgo de ellos de golpe.  
Con Pola ya vi que el asunto pintaba esforzado. El apellido es como su prosa, Pola Oloixarac, escurridizo, difícilmente aprehensible.
Pero esta argentina nacida en el setenta y siete era uno de los veinte mejores escritores jóvenes elegidos hace unos años por la prestigiosa revista Granta. Y yo los estoy desgranando todos. Poco a poco los leo con interés. Algunos de ellos como Patricio Pron, Andrés Barba o sobre todo Alberto Olmos, me gustan.
Pero Pola me parecía demasiado experimental. Me pasaba como con el chileno Carlos Labbé, una invitación constante a abandonar el libro. Prosa farragosa y pretenciosa centrada en el experimento pero sin placer. Aunque los sueltos de información de la novela de Pola me atraían algo más que lo del chileno.
De todas formas sí leía frases ocasionales que mostraban una de esas famosas teorías salvajes del título que me parecían interesantes. Mucho. Pequeñas sugerencias que en una página de Pola podían dar para la novela de otro que no fuera ella. Y seguí leyendo. Y el libro iba consiguiendo que le encontrase más y más virtudes. Porque está lleno de ideas. Y es transgresor. No es amable con el lector pero es bueno que la literatura no sea complaciente. Esta escritora tiene el valor de escribir como quiere sin hacer concesiones, si se te atraganta lo que lees como un polvorón navideño en la garganta te jodes.            
                              
“Pocas veces se tiene el placer de apreciar que se ha ganado una discusión en tiempo real, simplemente porque a las personas no les gusta cambiar de opinión en público”     

Además de teorías salvajes hay lirismo. Escaso pero evidente y sin cursilería:    

“La leve distancia que media entre el mundo y yo consiste en una pollera negra hasta la rodilla, una blusa de satén verde, botitas zaparrastrosas de cuero, cortas.”

Y opiniones políticas o sociales o antropológicas:

“Los grandes líderes perecieron en el momento en que no supieron revolucionar su propia revolución”
El libro no tiene una historia al uso pero sí pequeñas historias. La de una pareja de personas feas que se unen por esa afinidad en lo deforme que se hacen amigos de una pareja de guapos. La historia de la chica que se quiere merendar sexualmente a su profesor de facultad. La de la chica que escribe cartas a Mao. Todos estos personajes están en la facultad de filosofía de Buenos Aires o en sus aledaños y están preparando algo. También hay continuas alusiones a costumbres antropológicas y la historia de alguien que buscaba una teoría psicológica para explicarlo todo…
Es un libro en el que hay tanto que no se puede leer de un tirón. Yo sí, no puedo dejar de hacerlo aunque creo que se indigestaría menos a sorbos. He leído algunas críticas negativas que lo tachan de ilegible. Peor para ellos pero es cierto que no se lo recomendaría a lectoras de “50 sombras de grey”. Ni siquiera de Mario Vargas Llosa. Esto es very high level lector. Halterofilia mental. Esfuerzo nivel Pynchon, David Foster Wallace y cosas así. Si ves que no, déjalo, no es para ti. Y no pasa nada. No es cuestión de inteligencia, es más bien cuestión de haber leído mucho o poco y en correcta gradación, supongo. In cluso es cuestión de tener paciencia o ganas o tener el día. Bueno, mejor lo dejo porque lo estoy estropeando más.
A ratos la prosa de Pola me recuerda la de los manuales epistemológicos que leía en la universidad. Sólo que estos no tenían sus frecuentes arranques de imaginación, su sentido del humor, su transgresión (el sexo aquí es cuando menos extraño, salvaje como sus teorías, la narradora no parece un hombre o una mujer, solo un extraterrestre sin humanidad que nos disecciona sin impresionarse mucho por lo que descubre).  

 “La pasé muy bien con vos esta noche, ¿sabés? Dijeron, moviéndose, los labios de Collazo, y el rastro de sus ojos reveló el eslogan: Tranquilizar a la gatita, hacerle saber que me gustaría algo más.”   


Es curioso que este sea el segundo libro vanguardista, transgresor, extraño o excéntrico que leo en poco tiempo y sin buscarlo (recordemos el de Rita Indiana de hace poco). Pero yo diría que Pola va un  poco más allá. A partir de ahora me toca seguirla en su blog melpomenemag.blogspot.com(aquí os hacéis idea de qué va, leyendo una entrada suya) o en su nueva novela “Las constelaciones oscuras”. Esa cabeza suya está repleta de ideas. Aunque creo que le pierde que es una escritora para escritores, lo siento por la etiqueta. Pero una escritora también muy valiente. De las que escriben sin pensar que siendo menos geniales tal vez venderían más. Aunque se querrían menos a sí mismas.  

lunes, 14 de marzo de 2016

Lolito



Noe, una amiga bloguera, decía una vez en su espacio que de cada libro podía sacar algo bueno. Creo que también de los malos. Y creo también que hasta cierto punto es cierto. Por más que los malos libros nos pueden quitar mucho tiempo y nuestra vida no es infinita. Pero aún así es cierto.
Esto lo recuerdo porque este libro de Ben Brooks, en principio, no me hacía falta. No soy su público objetivo. A veces me he sentido ridículo leyendo a un chico de apenas veintiún años con una madurez a juego (un chico de veintiuno escribiendo sobre las aventuras de uno de quince). Pero me gustó la contraportada. Lo que se leía, claro, porque la cubierta es un estampado de flores que no tiene mucha relación con lo que hay dentro que no es para mí. Pero vamos, que casi nunca me fijo en las cubiertas de los libros, muy buenas tienen que ser para captar mi errática atención.
Así que estaba en la biblioteca cargando libros de Cioran o sobre Cioran (un filósofo pesimista que me pone de buen humor), libros periodísticos (me gustan los articulistas, qué le voy a hacer) y libros de escritores sobre escritores. De pronto vi que llevaba como cuatro libros y todavía ninguna novela. Me conozco y sé que sin ficción no soy yo mismo. Necesito cuento, novela o derivados. Siempre. Por más que cierto amigo me suele decir que solo lee ensayos, que las novelas son cosa de mujeres. Gran teoría. A lo mejor llevamos una vida de amistad (desde el instituto) y todavía no se ha dado cuenta que no soy una mujer. Y que a pesar de su teoría necesito leer varias novelas al mes.
Así que cogí un par. Y una de ellas era la que nos ocupa porque me pareció ligera y venía bien para desahogarme de la filosofía opresiva que me llevaba. Palabras como facebook, twitter, blogs, etc. Me llamaban desde su sinopsis. Era la forma de entender la mente de un adolescente de hoy en día. Nuestro Salinger del siglo XXI, decían en la contraportada. Y por una editorial con el nombre de un perro que se les murió (Blackiebooks), una editorial molona, de las de cachondeo, ideal para mentes que necesitan jugar de vez en cuando pero con una cierta calidad. Un ex compañero de biblioteca me recomendaba siempre libros de esta editorial y decía que eran los “mejores”. Todos.  Segunda teoría de amigos o compañeros que puedo tirar hoy a la basura.
Porque este adolescente me cae mal hasta en las fotos que me salen en el google. Y ojo que no juzgaría lo escrito por la cara de su autor. Como con las portadas, pienso que no es relevante(a Pynchon ni le conozco ni le conoceré en la vida porque no quiere que nadie lo haga pero sus libros ya enseñan todo lo que debo saber sobre él). Pero tuve la curiosidad de googlearlo para saber qué cara ponerle al adolescente sin nada que decir de este texto. Mala idea.
Montones de páginas que podrían ser el diario de un chaval de quince años al que deja la novia y chateando y haciéndose pasar por adulto (muy mal, sus chats y sus bromas son infantiles pero es cierto que muchos adultos nunca crecerán así que tal vez cuele) se liga a una señora casada con dos hijos y bueno, hace de Lolito. Pero Ben Brooks se parece a Nabokov y al espíritu de “Lolita” como un huevo a una castaña. A Salinger tampoco me lo recuerda (ni siquiera lo ha leído, dice en una entrevista).
Este libro es el interior de la mente de un chico que como todos los chicos de su edad y mayores convierte su cuarto en pajilandia, piensa en beber y drogarse (uau, qué novedoso), ve vídeos extremos por internet (no puedo con tanta originalidad), piensa que los adultos son imbéciles (bien porque yo tengo una teoría propia, esta no es prestada de mis amigos, que dice que el noventa y cinco por ciento de los adolescentes son imbéciles así que quedamos en paz)… En fin, pura niñatada. Pero a pesar de todo, intento coger el espíritu y trato de aprender sobre esta edad. Hacía tiempo que nadie me explicaba cómo va a montar follón al cine. Yo siempre me veo desde el lado del tío que va al cine a pegarle una hostia a los que montan follón.
Finalmente hay un momento en el que me intereso por sus andanzas pero solo en plan cotilla, si me terminé el libro es porque quería averiguar hacia donde derivaría su relación con la señora esta. Y es que todo me parecía tan sin substancia pero a la vez tan cierto, que por lo menos sí estaba aprendiendo algo sobre esta generación. Y es que no es muy diferente a cualquier otra generación adolescente de cualquier época. Solo cambian las referencias adolescentes. Wes Anderson y el cine Indi, Murakami, la música de Cristal Castles, programas de televisión que ahora no recuerdo pero no me interesan y en general asuntos relacionados con el móvil e internet. Capacidad de atención y concentración nula. Capacidad para hacerme reír con sus estupideces, inoperante. El gran problema de este libro es que es como su autor, ingenuo. Lo que ves es lo que hay. No hay que leer entre líneas, no quiere decirte nada ni cambiar tu vida ni hacer que lo subrayes. Nada. Sólo es la historia que cuenta y esta, la verdad, no es tan apasionante que dé para libro. Pero si tienes veinte o así te puede gustar. Verás que la gente de tu edad también puede escribir y publicar. Este guiri lo consiguió viviendo en Barcelona y con esta editorial que… Vaya, pero si me pilla cerca, a lo mejor yo también podría atreverme. Si publican al bueno de Ben… por qué no…

Algo bueno he acabado sacando del libro. Tenías razón, Noe.   

lunes, 7 de marzo de 2016

Farándula




Estamos ante el último premio Herralde de novela. El de 2015, claro. Premios. Nadie se los cree. Y este tampoco. Esta autora tiene un buen puñado de su obra publicada en la editorial que ¡oh, casualidad! ahora le da un premio. El finalista de esta edición también estaba publicado por la editorial. Todo queda en casa. Mucho mamoneo es lo que hay. Desde luego van quedando pocas ganas de enviarle manuscritos a las ediciones de premios. Mejor buscarse un padrino extra-grande.
Pero vamos a la novela. Se anuncia como una muy borde, quiere hacer daño. En esta ocasión al mundo de la cultura rápida que tenemos montado dónde todo dura poco, dónde solo nos quedamos en la superficie de las cosas, dónde la gente se apunta a causas nobles sin saber muy bien por qué, también donde las viejas estrellas no tienen tiempo de llegar a viejas porque las nuevas se abren paso todo el tiempo. Pasan por su ¿argumento? un actor, Daniel Valls, que se apunta a defender esas causas y cae en desgracia frente a sus compañeros y hasta se llega a poner en ridículo. Este personaje me gusta especialmente porque diga lo que diga la autora, parece basado en  alguien real (yo veo a Willy Toledo pero esto es solo cosa mía y de mi imaginación). Vemos a una vieja gloria en decadencia y con síndrome de Diógenes en su ocaso (“El ocaso de los dioses”, película de Billy Wilder muy en sintonía con el libro). Vemos a otra actriz efervescente que se ve gordísima en pantalla pero es muy delgada en persona (y lo que hace por no parar de adelgazar). Vemos a la mujer noble y rica de Willy… bueno, del personaje de arriba, una sumisa impenitente con el tipo. Y leemos sobre el novio de la actriz anoréxica. En capítulos cortos como balazos Marta Sanz nos cuenta su odio en forma de parodia (en un fragmento dice que parodiar es odiar un poco) y su visión sobre la farándula (palabra que viene de faralaes y tarántula). Todo muy venenoso, muy inclemente. La autora no deja respirar a sus creaciones. Tal vez por eso no me las creo, porque no lo pretenden, son más esperpento que relato verosímil. No creo que ni los peores sean así o… Bueno, la frivolidad es muy típica de este mundo pero es que en la novela nadie, nadie te cae bien. Y no es cosa de risa, porque a veces más bien entristece ese sarcasmo.
Otro detalle que me llama la atención del libro es su gusto por las enumeraciones. Entra un personaje en una calle de Madrid y ya comenzamos con el inventario a base de muchas comas de todo lo que ves allí. Dispuesto,eso sí, con cierta gracia y ritmo. Yo no soy mucho de disfrutar este gusto de los poetas y los novelistas por la enumeración. Me los imagino con sus hijos y sus sobrinos jugando al “veo, veo que ves” y anotando en un papel todo lo que esté relacionado con el tema de la enumeración para luego correr a escribirlo en la novela y llenar de comas la página. Y como Marta Sanz disfrutaba al enumerar y yo me quejaba, va sobre el final y suelta la más larga enumeración posible, le ocupa dos o tres páginas o más, no sé, se me hizo larga. Pero menos mal que no abandoné porque mira tú por dónde, esa enumeración sí me gustó y llevaba a una pequeña reflexión y hasta tiene grandes logros, no solo dice lo que ve, juega con las palabras y la música y hasta el efecto y le sale bien pero no digo nada por si alguien quiere leerlo y todo esto le va sonando a spoiler(que no, que este libro no tiene argumento, ya lo he dicho, la gente habla y piensa pero no hay una historia con planteamiento, nudo y desenlace, así a lo clásico no se ganan ya los premios).
También hay monólogos interiores dónde habla la autora y sus personajes son como marionetas de guiñol porque se nota que el ritmo es siempre el mismo. Son monólogos apretados con frases largas y muchas subordinadas y decenas de comas. A lo Thomas Bernhardt o Elfriede Jelinek (incluso Javier Marías que es fan de alguno de estos). Estos monólogos donde una frase se estira para parecer el pensamiento de alguien (que sí, que para mí es la autora y no el personaje) son como el plano secuencia del cine. Quedan muy bien pero son difíciles y se puede no acertar. Aunque Marta Sanz sale airosa. El monólogo de Ana Urrutia hacia el final está muy bien hilvanado. Es por eso que me encuentro varios pasajes apreciables en la novela, por ese cuidado con el estilo. Aunque no haya personajes y sí arquetipos (todos muy malos o tontos o escatológicos). Aunque no soy muy de esperpentos. Aunque prefiero la ironía al sarcasmo. Aunque estos mensajes ya los tengo muy asumidos y sí, ya sé que “Eva al desnudo” más “El crepúsculo de los dioses” son grandes hitos del cine (se ha hecho mucha ficción sobre ambas, dan mucho juego).
 A pesar de todos esos “aunque” no me parece una mala novela. Es sólo que no me quiero sumar al entusiasmo sospechoso de ciertos diarios. Ni siquiera al de muchos blogs que a veces se dejan incendiar por opiniones leídas previamente.

Es sólo que uno llega a veces tan cargado de buenos augurios que lo que lee no puede estar a la altura. Tal vez sea eso.