viernes, 29 de abril de 2016

Los reconocimientos



Aunque nunca me suele faltar material para escribir en este blog ya que siempre tengo algún libro entre manos que podría reseñar, estas dos semanas he estado absorbido o más bien secuestrado por la monumental obra literaria que me ocupa(1369 páginas en la edición de “Sexto Piso”). Este libro es un desafío. Algunos lo definen como proponerse escalar una montaña alta, un Everest literario. Y les entiendo. Yo hasta la fecha siempre les pongo mis ítems literarios para definir la dificultad. Cuando les hablo de literatura digamos… complicada, utilizo o utilizaba a Pynchon, Foster Wallace, en menor medida Delillo… Pero este año he descubierto nuevas referencias para amenizar este blog y poder decirles que están en las últimas pantallas o niveles del videojuego “vamos a leer libros difíciles”. Me he tropezado con Rita Indiana y Pola Oloixarac. Y ahora, tachaaaaaan, William Gaddis. Ya no tendré que recurrir a los citados Foster Wallace y compañía para definirles la naturaleza de lo esforzado. Tengo nuevas adquisiciones.
Debo decir que no soy masoquista. Leo por placer. Así que si busco libros que me desafíen es porque ocasionalmente me agota la nadería y lo simplista de lo que leo y me tomo la lectura como un juego. Como lector maduro necesito que el juego sea adulto así que no me escondo de un escritor que respete al lector y no se lo dé todo mascado. O quiera que la literatura que hace sea algo más que lo ya leído. Por supuesto, intento que estos libros me vengan avalados por las críticas de gente en la que confío o de buenas editoriales en las que también confíe o tengan un aura de prestigio que no me haga esforzarme para nada. Hay libros que se esconden en la dificultad para no mostrar sus verdaderas cartas y demostrarnos que son basura pretenciosa.
Este escritor escribió “Los reconocimientos” después de varios años de viajes por Europa, África, dónde se empapó de culturas ajenas a su Norteamérica natal, dónde fue retocando y buscando el tono de la que sería su primera novela y publicaría ya con más de treinta años en el cincuenta y cinco(la comenzó con veintipocos años). Este es un libro que le debe mucho a la ruptura con las convenciones que ya hizo Joyce en su Ulises. O el americano Faulkner pero más el primero. Es un libro que busca captar toda la realidad o hacernos creer que está en todo. Pasajes dónde un personaje pasea por París y escuchamos y vemos hasta el último pensamiento de la gente que le rodea, toda la mezcolanza de las impresiones que recibimos los humanos en un simple pasear. Hay al menos tres fiestas y una de ellas de al menos un centenar de páginas dónde solo hay diálogos y estos están tan desordenados como lo están en una fiesta dónde la gente se emborracha. Esto me ha recordado a Proust al que también se cita, otro fiestero literario.
También hay mucho humor, bendito humor. Si te pierdes un poco con la historia principal (en realidad, como sucede con estos libros, no hay mucho nudo pero lo hay o yo he creído verlo) te puedes entretener con los chistes.
Hay un capítulo inicial dónde conocemos al quizás personaje principal de la obra de un modo más convencional. El primer centenar de páginas es un engaño de facilidades para que sigas con el libro pero luego ya pasarás al capítulo del que hablo en París, a las visitas a España o Italia (español, italiano, francés… hay bastantes frases no traducidas porque así era el original pero que tampoco nos tienen que amargar la vida, especialmente las ejem, frases en castellano, no son tantas). La visión de una España pobre que no tiene nada que ver con la del guiri al uso, aquí si hay profundidad de análisis. Pero el tema principal de la novela es el que comienza ese pintor cuyo drama es que no es original, que quiere ser un pintor clásico y que reflexiona sobre la autenticidad del arte. En este libro se trata la falsedad desde todos los ángulos. Desde la falsificación de la pintura (tema casi central) hasta la mención de un trozo de carne medio podrida que se colorea para que de buena impresión o los brazos o piernas de santos falsos, el diente de oro de mentira de un personaje, el peluquín o bigote postizo de un falsificador de monedas… Todo es falso pero a veces lo auténtico nos engaña y hay gente que lo cree falso. Este libro nos hace dudar de todo. Hasta de la historia que leemos. Es fácil perderse en sus páginas, en su cambio abrupto de un personaje a otro, de un país a otro, de los puntos de vista del narrador, todo es difícil pero no tanto como dicen que lo sería el Gaddis posterior. Da igual. Si no tienes mucho tiempo o ganas de leer algo así ni lo empieces. Ya os he informado de en qué lado de la Literatura juega este señor. Yo lo considero una obra de arte pero depende de lo que te apetezca, tú lo puedes considerar un infierno. Aún así creo que nunca lo olvidaré. Es imposible quedar indiferente. Subrayo algunos pasajes pero podría subrayar muchos otros en casi cualquier lugar del libro, es una novela inagotable. Si la leyera otra vez sería un libro nuevo para mí y también sería bueno. Como dice el señor H. Gass del prólogo este libro es como la vida y no te abandonará nunca, no lo entenderás por completo pero la vida tampoco la entiendes del todo, hay asuntos que se te escapan y eso no te impide levantarte de la cama. Del mismo modo, cuando veo un telediario de la BBC sin subtítulos puedo entender algo aunque se me escapen frases o giros idiomáticos. El contexto te ayudará a entender, no seas exhaustivo ni quieras saberlo todo. Te frustrarás.

Alguien le había dicho que las baterías de los coches europeos duraban años, pero aquí las compañías poseían las patentes de esas baterías de larga duración, y las tenían bien guardadas mientras vendían otras para sustituir las que habían vendido el año anterior.  (este hombre ya sabía lo que era la obsolescencia programada o tenía consciencia de ella sin llamarla de ese modo)

Eminentes científicos coinciden, tras análisis exhaustivos, en que un producto químico que vale quince centavos el galón, metido en un frasquito lujoso con un montón de términos científicos, resulta superior. (marca blanca o no marca blanca, esa es la cuestión, pero Gaddis ya sabía también la importancia del prestigio de la marca)   

El amor que recibo de otros no es amor por mí, sino donde ellos intentan encontrarse a sí mismos, amándome.

…no en busca de la verdad, que no tenía ningún valor en el mercado…, sino de “un buen precio en el mercado” (buena parte del arte moderno es especulación pero arte… no, este pasaje me da un poco la razón)

Todo el mundo tiene esa sensación cuando mira una obra de arte y está bien, esa súbita familiaridad, una especie de… reconocimiento, como si la estuvieran creando ellos mismos, como si se estuviera creando a través de ellos mismos, como si se estuviera creando a través de ellos mientras la miran o la escuchan.  

La gente que te pide compasión te odia después por dársela. Siempre te odian después.


lunes, 11 de abril de 2016

El secreto de Reginald Perrin



Hace casi dos años leí “Caída y auge de Reginald Perrin”. No pude disfrutar más. Era humor inglés casi de manual. Y digo casi porque si fuera de manual se le notaría demasiado pero leerlo no era una labor estudiosa sino más bien hilarante. Al autor le salía natural. A pesar del mucho trabajo que debe de haber detrás de unas comedias tan bien montadas.
Este libro apareció originalmente en la Inglaterra del 77. Es segunda parte del citado arriba y supuestamente escrito para complacer a los lectores y televidentes que vieron la serie en su época. De hecho, este libro debió nacer a la sombra del éxito. Y aún aparecerían un par más de Reginald Perrins. Yo busqué en la wikipedia qué hacía David Nobbs actualmente y he descubierto que desde Agosto del año pasado alimenta a los gusanos. Descansa en paz, genio, eres otro de los que no se han ido de este mundo sin aportarle algo bueno.
Incluso discípulos ha dejado. Como sin ir más lejos el gran Jonathan Coe. Claro que en Inglaterra es difícil apreciarlo. Este humor también está en Woodhouse que por edad sería maestro y no discípulo. O en David Lodge. O en muchas de las comedias de risa enlatada.
Yo crecí en mi televisión autonómica viéndolas, me marcaron tanto que acabé anglófilo perdido. Luego la música british terminó de volverme así, muy de la gran Bretaña. A pesar de sus defectos imperialistas y su tendencia a ser tan, tan suyos y tan cerrados, tan chauvinistas. Pero por más que creamos en el carácter nacional no soy muy de juzgar a la gente por su patria. Ni de creer que les conozco a todos. Aunque sí, al igual que el también catalán Kiko Amat, autor del postfacio, los británicos nos pierden. No sé qué nos pasa por Cataluña que hay tantos amantes de las islas norteñas, tal vez las citadas series de las autonómicas nos dejaron así de snobs (claro que yo no desprecio un buen libro patrio o sudamericano o de dónde sea, hay un tiempo para todo, amo lo internacional y nacional en general pero Inglaterra en particular, sin exclusiones). 
Reginald Perrin era el típico oficinista aburrido que quiere cambiar su vida en la primera parte y se hace pasar por muerto para cambiar su identidad. En esta parte, no contaré todo lo que ocurre en la primera, todo vuelve a estar en su sitio pero a Regi le vuelve el tedio y decide montar una tienda dónde solo se venda basura. Por romper la monotonía, por demostrar que si la gente compra basura que le vende como si fuera calidad, él al menos lo hará avisándolo con sinceridad. La novela regresa con los malentendidos habituales, las repeticiones hilarantes, los juegos de sentidos y palabras ingleses, la ironía… pero también el profundo sentido filosófico de la existencia humana. Detrás de sus chistecitos y bromas hay también lucidez y crítica mordaz sobre casi todo. Y una muy inteligente. 
Impedimenta dice publicar libros de la cultura occidental. Yo diría que más bien cojean del pie británico (eso también lo ve Kiko Amat en el postfacio). Y nosotros dos que lo celebramos. La casita de jardines a las afueras de la portada es un referente habitual de algunas portadas de esta editorial de Madrid. Con eso ya me han atraído. Luego falta que el producto esté a la altura de las expectativas. Y vaya si lo está. Esto es un clásico del humor que creó tendencia con su personaje. Esto es de lo mejor. Esto es como un post-it que nos recuerda a muchos que tener un trabajo, una casa y una familia no tiene por qué ser la felicidad sino más bien lo contrario. Reginald Perrin es lo contrario del hombre rutinario. Cuando todo le va bien se empieza a aburrir. En la primera parte era infeliz con su pobreza, en la segunda lo es con su riqueza. No sé qué le deparó el futuro en las dos restantes. Sí sé que en estas lo superó saliendo de su zona de confort como un Bowie vital y se reinició. Regi muere como Cristo para renacer. Pero lo hace como un humano. No queremos ser él porque realmente ya lo somos. Si tenemos un trabajo que nos disgusta y unas ganas locas de abandonar nuestra vida para vivir otra ya somos Reginald Perrin. O Elizabeth, su mujer, esto no es literatura exclusivamente masculina, sus mujeres son tan irónicas y a veces más inteligentes que los hombres.

-      No creo que la mujer llegue nunca a alcanzar la igualdad real.
-      Y tanto que no-dijo C.J.
-      Por eso no deberían abandonar jamás la lucha.    

Ahora me toca devolver el libro a la biblioteca y como todos los que me gustan de un modo especial tal vez ir a comprarlo y tenerlo en formato físico. Porque sé que me gustaría releerlo, porque no quiero dejar de regresar a ese mundo y esa filosofía.


-Todos los matrimonios, malas rachas. Dentro de lo normal- comentó Jimmy- La mala racha en mi matrimonio: de la luna de miel al divorcio. 

domingo, 3 de abril de 2016

Las teorías salvajes


¿Sabes cuando estás en la playa y metes el pie en el agua y está muy fría y tratas de hacer el cálculo de si te conviene entrar de golpe o poco a poco y exponerte a las salpicaduras de los patanes y por tanto, a una tortura lenta? Pues cálculos como esos hago al entrar en novelas a las que ya se les ve el plumero desde la primera página o el primer capítulo. Abro el libro y trato de entender su temperatura intelectual. Si la prosa es densa, difícil, ya sé que voy a tener que entrar lentamente en el libro, abandonar el piloto automático y leer con todo el intelecto y sin distraerme mucho. Porque sí, hay libros tan sencillos que casi me permiten leerlos y hacer otra cosa como ver la televisión o escuchar conversaciones en un bar. Esos libros sencillos te permiten leer sin pensar y regresar y no perder ni aún así el hilo. Esos son de chapuzón rápido. Entro y salgo de ellos de golpe.  
Con Pola ya vi que el asunto pintaba esforzado. El apellido es como su prosa, Pola Oloixarac, escurridizo, difícilmente aprehensible.
Pero esta argentina nacida en el setenta y siete era uno de los veinte mejores escritores jóvenes elegidos hace unos años por la prestigiosa revista Granta. Y yo los estoy desgranando todos. Poco a poco los leo con interés. Algunos de ellos como Patricio Pron, Andrés Barba o sobre todo Alberto Olmos, me gustan.
Pero Pola me parecía demasiado experimental. Me pasaba como con el chileno Carlos Labbé, una invitación constante a abandonar el libro. Prosa farragosa y pretenciosa centrada en el experimento pero sin placer. Aunque los sueltos de información de la novela de Pola me atraían algo más que lo del chileno.
De todas formas sí leía frases ocasionales que mostraban una de esas famosas teorías salvajes del título que me parecían interesantes. Mucho. Pequeñas sugerencias que en una página de Pola podían dar para la novela de otro que no fuera ella. Y seguí leyendo. Y el libro iba consiguiendo que le encontrase más y más virtudes. Porque está lleno de ideas. Y es transgresor. No es amable con el lector pero es bueno que la literatura no sea complaciente. Esta escritora tiene el valor de escribir como quiere sin hacer concesiones, si se te atraganta lo que lees como un polvorón navideño en la garganta te jodes.            
                              
“Pocas veces se tiene el placer de apreciar que se ha ganado una discusión en tiempo real, simplemente porque a las personas no les gusta cambiar de opinión en público”     

Además de teorías salvajes hay lirismo. Escaso pero evidente y sin cursilería:    

“La leve distancia que media entre el mundo y yo consiste en una pollera negra hasta la rodilla, una blusa de satén verde, botitas zaparrastrosas de cuero, cortas.”

Y opiniones políticas o sociales o antropológicas:

“Los grandes líderes perecieron en el momento en que no supieron revolucionar su propia revolución”
El libro no tiene una historia al uso pero sí pequeñas historias. La de una pareja de personas feas que se unen por esa afinidad en lo deforme que se hacen amigos de una pareja de guapos. La historia de la chica que se quiere merendar sexualmente a su profesor de facultad. La de la chica que escribe cartas a Mao. Todos estos personajes están en la facultad de filosofía de Buenos Aires o en sus aledaños y están preparando algo. También hay continuas alusiones a costumbres antropológicas y la historia de alguien que buscaba una teoría psicológica para explicarlo todo…
Es un libro en el que hay tanto que no se puede leer de un tirón. Yo sí, no puedo dejar de hacerlo aunque creo que se indigestaría menos a sorbos. He leído algunas críticas negativas que lo tachan de ilegible. Peor para ellos pero es cierto que no se lo recomendaría a lectoras de “50 sombras de grey”. Ni siquiera de Mario Vargas Llosa. Esto es very high level lector. Halterofilia mental. Esfuerzo nivel Pynchon, David Foster Wallace y cosas así. Si ves que no, déjalo, no es para ti. Y no pasa nada. No es cuestión de inteligencia, es más bien cuestión de haber leído mucho o poco y en correcta gradación, supongo. In cluso es cuestión de tener paciencia o ganas o tener el día. Bueno, mejor lo dejo porque lo estoy estropeando más.
A ratos la prosa de Pola me recuerda la de los manuales epistemológicos que leía en la universidad. Sólo que estos no tenían sus frecuentes arranques de imaginación, su sentido del humor, su transgresión (el sexo aquí es cuando menos extraño, salvaje como sus teorías, la narradora no parece un hombre o una mujer, solo un extraterrestre sin humanidad que nos disecciona sin impresionarse mucho por lo que descubre).  

 “La pasé muy bien con vos esta noche, ¿sabés? Dijeron, moviéndose, los labios de Collazo, y el rastro de sus ojos reveló el eslogan: Tranquilizar a la gatita, hacerle saber que me gustaría algo más.”   


Es curioso que este sea el segundo libro vanguardista, transgresor, extraño o excéntrico que leo en poco tiempo y sin buscarlo (recordemos el de Rita Indiana de hace poco). Pero yo diría que Pola va un  poco más allá. A partir de ahora me toca seguirla en su blog melpomenemag.blogspot.com(aquí os hacéis idea de qué va, leyendo una entrada suya) o en su nueva novela “Las constelaciones oscuras”. Esa cabeza suya está repleta de ideas. Aunque creo que le pierde que es una escritora para escritores, lo siento por la etiqueta. Pero una escritora también muy valiente. De las que escriben sin pensar que siendo menos geniales tal vez venderían más. Aunque se querrían menos a sí mismas.  

lunes, 14 de marzo de 2016

Lolito



Noe, una amiga bloguera, decía una vez en su espacio que de cada libro podía sacar algo bueno. Creo que también de los malos. Y creo también que hasta cierto punto es cierto. Por más que los malos libros nos pueden quitar mucho tiempo y nuestra vida no es infinita. Pero aún así es cierto.
Esto lo recuerdo porque este libro de Ben Brooks, en principio, no me hacía falta. No soy su público objetivo. A veces me he sentido ridículo leyendo a un chico de apenas veintiún años con una madurez a juego (un chico de veintiuno escribiendo sobre las aventuras de uno de quince). Pero me gustó la contraportada. Lo que se leía, claro, porque la cubierta es un estampado de flores que no tiene mucha relación con lo que hay dentro que no es para mí. Pero vamos, que casi nunca me fijo en las cubiertas de los libros, muy buenas tienen que ser para captar mi errática atención.
Así que estaba en la biblioteca cargando libros de Cioran o sobre Cioran (un filósofo pesimista que me pone de buen humor), libros periodísticos (me gustan los articulistas, qué le voy a hacer) y libros de escritores sobre escritores. De pronto vi que llevaba como cuatro libros y todavía ninguna novela. Me conozco y sé que sin ficción no soy yo mismo. Necesito cuento, novela o derivados. Siempre. Por más que cierto amigo me suele decir que solo lee ensayos, que las novelas son cosa de mujeres. Gran teoría. A lo mejor llevamos una vida de amistad (desde el instituto) y todavía no se ha dado cuenta que no soy una mujer. Y que a pesar de su teoría necesito leer varias novelas al mes.
Así que cogí un par. Y una de ellas era la que nos ocupa porque me pareció ligera y venía bien para desahogarme de la filosofía opresiva que me llevaba. Palabras como facebook, twitter, blogs, etc. Me llamaban desde su sinopsis. Era la forma de entender la mente de un adolescente de hoy en día. Nuestro Salinger del siglo XXI, decían en la contraportada. Y por una editorial con el nombre de un perro que se les murió (Blackiebooks), una editorial molona, de las de cachondeo, ideal para mentes que necesitan jugar de vez en cuando pero con una cierta calidad. Un ex compañero de biblioteca me recomendaba siempre libros de esta editorial y decía que eran los “mejores”. Todos.  Segunda teoría de amigos o compañeros que puedo tirar hoy a la basura.
Porque este adolescente me cae mal hasta en las fotos que me salen en el google. Y ojo que no juzgaría lo escrito por la cara de su autor. Como con las portadas, pienso que no es relevante(a Pynchon ni le conozco ni le conoceré en la vida porque no quiere que nadie lo haga pero sus libros ya enseñan todo lo que debo saber sobre él). Pero tuve la curiosidad de googlearlo para saber qué cara ponerle al adolescente sin nada que decir de este texto. Mala idea.
Montones de páginas que podrían ser el diario de un chaval de quince años al que deja la novia y chateando y haciéndose pasar por adulto (muy mal, sus chats y sus bromas son infantiles pero es cierto que muchos adultos nunca crecerán así que tal vez cuele) se liga a una señora casada con dos hijos y bueno, hace de Lolito. Pero Ben Brooks se parece a Nabokov y al espíritu de “Lolita” como un huevo a una castaña. A Salinger tampoco me lo recuerda (ni siquiera lo ha leído, dice en una entrevista).
Este libro es el interior de la mente de un chico que como todos los chicos de su edad y mayores convierte su cuarto en pajilandia, piensa en beber y drogarse (uau, qué novedoso), ve vídeos extremos por internet (no puedo con tanta originalidad), piensa que los adultos son imbéciles (bien porque yo tengo una teoría propia, esta no es prestada de mis amigos, que dice que el noventa y cinco por ciento de los adolescentes son imbéciles así que quedamos en paz)… En fin, pura niñatada. Pero a pesar de todo, intento coger el espíritu y trato de aprender sobre esta edad. Hacía tiempo que nadie me explicaba cómo va a montar follón al cine. Yo siempre me veo desde el lado del tío que va al cine a pegarle una hostia a los que montan follón.
Finalmente hay un momento en el que me intereso por sus andanzas pero solo en plan cotilla, si me terminé el libro es porque quería averiguar hacia donde derivaría su relación con la señora esta. Y es que todo me parecía tan sin substancia pero a la vez tan cierto, que por lo menos sí estaba aprendiendo algo sobre esta generación. Y es que no es muy diferente a cualquier otra generación adolescente de cualquier época. Solo cambian las referencias adolescentes. Wes Anderson y el cine Indi, Murakami, la música de Cristal Castles, programas de televisión que ahora no recuerdo pero no me interesan y en general asuntos relacionados con el móvil e internet. Capacidad de atención y concentración nula. Capacidad para hacerme reír con sus estupideces, inoperante. El gran problema de este libro es que es como su autor, ingenuo. Lo que ves es lo que hay. No hay que leer entre líneas, no quiere decirte nada ni cambiar tu vida ni hacer que lo subrayes. Nada. Sólo es la historia que cuenta y esta, la verdad, no es tan apasionante que dé para libro. Pero si tienes veinte o así te puede gustar. Verás que la gente de tu edad también puede escribir y publicar. Este guiri lo consiguió viviendo en Barcelona y con esta editorial que… Vaya, pero si me pilla cerca, a lo mejor yo también podría atreverme. Si publican al bueno de Ben… por qué no…

Algo bueno he acabado sacando del libro. Tenías razón, Noe.   

lunes, 7 de marzo de 2016

Farándula




Estamos ante el último premio Herralde de novela. El de 2015, claro. Premios. Nadie se los cree. Y este tampoco. Esta autora tiene un buen puñado de su obra publicada en la editorial que ¡oh, casualidad! ahora le da un premio. El finalista de esta edición también estaba publicado por la editorial. Todo queda en casa. Mucho mamoneo es lo que hay. Desde luego van quedando pocas ganas de enviarle manuscritos a las ediciones de premios. Mejor buscarse un padrino extra-grande.
Pero vamos a la novela. Se anuncia como una muy borde, quiere hacer daño. En esta ocasión al mundo de la cultura rápida que tenemos montado dónde todo dura poco, dónde solo nos quedamos en la superficie de las cosas, dónde la gente se apunta a causas nobles sin saber muy bien por qué, también donde las viejas estrellas no tienen tiempo de llegar a viejas porque las nuevas se abren paso todo el tiempo. Pasan por su ¿argumento? un actor, Daniel Valls, que se apunta a defender esas causas y cae en desgracia frente a sus compañeros y hasta se llega a poner en ridículo. Este personaje me gusta especialmente porque diga lo que diga la autora, parece basado en  alguien real (yo veo a Willy Toledo pero esto es solo cosa mía y de mi imaginación). Vemos a una vieja gloria en decadencia y con síndrome de Diógenes en su ocaso (“El ocaso de los dioses”, película de Billy Wilder muy en sintonía con el libro). Vemos a otra actriz efervescente que se ve gordísima en pantalla pero es muy delgada en persona (y lo que hace por no parar de adelgazar). Vemos a la mujer noble y rica de Willy… bueno, del personaje de arriba, una sumisa impenitente con el tipo. Y leemos sobre el novio de la actriz anoréxica. En capítulos cortos como balazos Marta Sanz nos cuenta su odio en forma de parodia (en un fragmento dice que parodiar es odiar un poco) y su visión sobre la farándula (palabra que viene de faralaes y tarántula). Todo muy venenoso, muy inclemente. La autora no deja respirar a sus creaciones. Tal vez por eso no me las creo, porque no lo pretenden, son más esperpento que relato verosímil. No creo que ni los peores sean así o… Bueno, la frivolidad es muy típica de este mundo pero es que en la novela nadie, nadie te cae bien. Y no es cosa de risa, porque a veces más bien entristece ese sarcasmo.
Otro detalle que me llama la atención del libro es su gusto por las enumeraciones. Entra un personaje en una calle de Madrid y ya comenzamos con el inventario a base de muchas comas de todo lo que ves allí. Dispuesto,eso sí, con cierta gracia y ritmo. Yo no soy mucho de disfrutar este gusto de los poetas y los novelistas por la enumeración. Me los imagino con sus hijos y sus sobrinos jugando al “veo, veo que ves” y anotando en un papel todo lo que esté relacionado con el tema de la enumeración para luego correr a escribirlo en la novela y llenar de comas la página. Y como Marta Sanz disfrutaba al enumerar y yo me quejaba, va sobre el final y suelta la más larga enumeración posible, le ocupa dos o tres páginas o más, no sé, se me hizo larga. Pero menos mal que no abandoné porque mira tú por dónde, esa enumeración sí me gustó y llevaba a una pequeña reflexión y hasta tiene grandes logros, no solo dice lo que ve, juega con las palabras y la música y hasta el efecto y le sale bien pero no digo nada por si alguien quiere leerlo y todo esto le va sonando a spoiler(que no, que este libro no tiene argumento, ya lo he dicho, la gente habla y piensa pero no hay una historia con planteamiento, nudo y desenlace, así a lo clásico no se ganan ya los premios).
También hay monólogos interiores dónde habla la autora y sus personajes son como marionetas de guiñol porque se nota que el ritmo es siempre el mismo. Son monólogos apretados con frases largas y muchas subordinadas y decenas de comas. A lo Thomas Bernhardt o Elfriede Jelinek (incluso Javier Marías que es fan de alguno de estos). Estos monólogos donde una frase se estira para parecer el pensamiento de alguien (que sí, que para mí es la autora y no el personaje) son como el plano secuencia del cine. Quedan muy bien pero son difíciles y se puede no acertar. Aunque Marta Sanz sale airosa. El monólogo de Ana Urrutia hacia el final está muy bien hilvanado. Es por eso que me encuentro varios pasajes apreciables en la novela, por ese cuidado con el estilo. Aunque no haya personajes y sí arquetipos (todos muy malos o tontos o escatológicos). Aunque no soy muy de esperpentos. Aunque prefiero la ironía al sarcasmo. Aunque estos mensajes ya los tengo muy asumidos y sí, ya sé que “Eva al desnudo” más “El crepúsculo de los dioses” son grandes hitos del cine (se ha hecho mucha ficción sobre ambas, dan mucho juego).
 A pesar de todos esos “aunque” no me parece una mala novela. Es sólo que no me quiero sumar al entusiasmo sospechoso de ciertos diarios. Ni siquiera al de muchos blogs que a veces se dejan incendiar por opiniones leídas previamente.

Es sólo que uno llega a veces tan cargado de buenos augurios que lo que lee no puede estar a la altura. Tal vez sea eso.   

lunes, 22 de febrero de 2016

La oficina



Creo que del mundo laboral siempre se puede sacar una buena comedia. No debería ser demasiado difícil aprovechar las incongruencias y despropósitos que se suceden en ese lugar dónde pasamos la parte más desagradable y en ocasiones la más larga de nuestra vida (si fuera un lugar maravilloso no tendrían que pagarnos para que fuéramos).
Pero yo que entraba en este libro con el ánimo de leer algo a lo Dilbert, me encontré con algo diferente. No tengo problema con que me sorprendan pero…
El libro empieza bien. A pesar de que el primer capítulo es Spoiler tampoco conoces la historia como para que te estropee verdaderamente lo que sucederá después, sólo dan unos datos que cobrarán sentido hacia el final. Luego ya, para el segundo capítulo, empezamos con la historia. En esta, Jens Jansen, harto de su vida y de su trabajo de brand manager en una empresa que fabrica cascos de ciclistas, decide desaparecer del mundo. Se instala en un almacén de la oficina donde duerme de día y come tuppers olvidados durante la noche. Hasta ahí bien. Más o menos increíble pero bien. Creo que si no te gusta tu trabajo lo mejor no es vivir en éste. Pero no importa. Podíamos sacarle mucho jugo a este argumento.
Y Lars Berge tiene una primera parte de novela que por lo menos entretiene en el buen sentido. Encerrado en su almacén recuerda cómo llegó hasta ese momento y reflexiona sobre nuestra sociedad (un asco, claro, decía Vargas Llosa que escribimos cuando sentimos un conflicto interno y la literatura está para eso, para criticar lo que no nos gusta). También sabemos un algo de su vida privada. Esa mezcla de lo íntimo con lo social, lo económico, etc desde el humor me recuerda a Houellebecq. Pero un Houellebecq desvaído, menos poderoso que el original.

“Ya no perdería ni un segundo pensando en las exigencias de producción por parte de la empresa y pasaría olímpicamente de las facturas, las amortizaciones y los compromisos de permanencia de veinticuatro meses de sus contratos telefónicos. No iba a echar de menos celebrar todas esas esforzadas cenas con otras parejas, seguir las series de televisión o ir de excursión los fines de semana a diferentes tiendas de muebles, algo que se había convertido en la principal actividad de ocio de su pareja Mari y él durante los últimos años. ¿Y el sexo? Ya no le interesaba lo más mínimo”

Pero mediando el libro sucede que todo ese edificio de crítica e ironía se empieza a derrumbar por culpa de lo inverosímil. No es que la historia fuera creíble de entrada. Pero es que luego se vuelve casi surrealista. Y el humor sueco tampoco es que sea como para tirar cohetes.
Aún así queda una novelita que se olvida no mucho más tarde de cuando se ha leído pero que tampoco es especialmente aburrida. Una crítica o un intento de esta por desmontar las leyes fundamentales del señor Dale Carnegie que han sido la Biblia de tantas empresas durante tantos años. Tal vez siguen siéndolo. Una voz disidente contra este mundo actual de crisis y pobres muy pobres o ricos muy ricos. Nada nuevo bajo el sol.

“Nos aterra perder el trabajo y nuestros ingresos en los próximos recortes y quedarnos con el culo al aire, con la hipoteca y las letras que nos quedan por pagar. Y eso es precisamente lo que queréis. Que tengamos miedo. Para que seamos sumisos, o flexibles como os gusta llamarlo.”


Totalmente de acuerdo. 

lunes, 15 de febrero de 2016

Los besos en el pan


Y a veces pasa que me intereso por los primeros puestos de ventas. Como si eso ayudase a entender el éxito. Cuando lo que casi siempre me hace aplaudir en privado es lo que está fuera de listas y premios. Pero llevaba leídos muchos libros complicados, exigentes con el lector. Quería algo más liviano para relajarme así que cogí a Almudena Grandes. Historias de por aquí cerca sin demasiadas complicaciones. Y eso es lo que da. Cualquiera que conozca a la escritora sabe más o menos lo que se va a encontrar. Un estilo plano sin voluntad de progreso. Sólo quiere contar lo que sea que toque en ese momento. Sin mucho ornamento ni complicarse la vida. Es el libro más comercial que he leído en lo que va de año. 
En esta novela en concreto una serie de personajes viven la crisis y sus historias son las que hemos leído en el periódico, visto en el telediario o escuchado en la radio. Tal cual, con el tono de un artículo de suplemento de esos que Almudena escribe o por lo menos me consta que escribía. Píldoras de sufrimiento que produce la crisis y que nos son algo más que familiares a los que vivimos en la península (aunque imagino que al ser la miseria verdadero patrimonio de la humanidad también se pueden identificar por ahí fuera en mayor o menor medida). Niños que no tienen bocadillo en el colegio y maestras que se compadecen más allá del deber, mujeres luchadoras, mujeres cobardes, negocios que malviven, relaciones que se resienten sin la gasolina de la buena economía, secretos de familia, emigrantes españoles… Más y más de lo que ya sabemos.

Los besos en el pan del título se refiere a esos besos que al parecer le daban los españoles de posguerra al pan que se caía al suelo y luego volvían a recoger. Una demostración de lo mucho que se ha padecido en esta tierra. Los viejos de esta novela mosaico ven la crisis como una hermana pequeña de la que ellos padecieron. Los jóvenes sin memoria la sufren como el Apocalipsis. Una vez más la realidad conocida. Y eso está muy bien. Que todo resulte verosímil y creíble. Pero ahora necesito algo más profundo porque la novela se me ha quedado en novelita y porque este cuento no me ha impresionado ni me ha hecho sentir que hubiera algo nuevo bajo el cielo literario. Un más de lo mismo en toda regla. Entretiene, eso sí.