lunes, 15 de febrero de 2016

Los besos en el pan


Y a veces pasa que me intereso por los primeros puestos de ventas. Como si eso ayudase a entender el éxito. Cuando lo que casi siempre me hace aplaudir en privado es lo que está fuera de listas y premios. Pero llevaba leídos muchos libros complicados, exigentes con el lector. Quería algo más liviano para relajarme así que cogí a Almudena Grandes. Historias de por aquí cerca sin demasiadas complicaciones. Y eso es lo que da. Cualquiera que conozca a la escritora sabe más o menos lo que se va a encontrar. Un estilo plano sin voluntad de progreso. Sólo quiere contar lo que sea que toque en ese momento. Sin mucho ornamento ni complicarse la vida. Es el libro más comercial que he leído en lo que va de año. 
En esta novela en concreto una serie de personajes viven la crisis y sus historias son las que hemos leído en el periódico, visto en el telediario o escuchado en la radio. Tal cual, con el tono de un artículo de suplemento de esos que Almudena escribe o por lo menos me consta que escribía. Píldoras de sufrimiento que produce la crisis y que nos son algo más que familiares a los que vivimos en la península (aunque imagino que al ser la miseria verdadero patrimonio de la humanidad también se pueden identificar por ahí fuera en mayor o menor medida). Niños que no tienen bocadillo en el colegio y maestras que se compadecen más allá del deber, mujeres luchadoras, mujeres cobardes, negocios que malviven, relaciones que se resienten sin la gasolina de la buena economía, secretos de familia, emigrantes españoles… Más y más de lo que ya sabemos.

Los besos en el pan del título se refiere a esos besos que al parecer le daban los españoles de posguerra al pan que se caía al suelo y luego volvían a recoger. Una demostración de lo mucho que se ha padecido en esta tierra. Los viejos de esta novela mosaico ven la crisis como una hermana pequeña de la que ellos padecieron. Los jóvenes sin memoria la sufren como el Apocalipsis. Una vez más la realidad conocida. Y eso está muy bien. Que todo resulte verosímil y creíble. Pero ahora necesito algo más profundo porque la novela se me ha quedado en novelita y porque este cuento no me ha impresionado ni me ha hecho sentir que hubiera algo nuevo bajo el cielo literario. Un más de lo mismo en toda regla. Entretiene, eso sí.   

domingo, 31 de enero de 2016

La ley del menor


A Ian McEwan le conozco tanto como se puede conocer a un escritor del que has leído todo lo que se ha publicado en tu país y cuando resulta que en tu país se ha publicado toda o casi toda su obra. Porque este es de los que sacan novela y luego llega Anagrama y la publica religiosamente cuando se ha hecho la traducción pertinente. Creo que normalmente se aprovecha la reentré de final de verano para colocarla en las estanterías.
A estas alturas ni siquiera estoy seguro de cuando leí su primer libro pero hace mucho, más de diez años.
En este, toca libro pequeño de ciento veintisiete páginas, tenemos al Ewan de siempre que nunca baja el pie del acelerador de lo genial.
Varios asuntos aparentemente alejados entre ellos confluyen hacia un final muy preparado. Porque da la sensación de que a este escritor le gusta coger su objeto de estudio, analizarlo, sacarle todo el jugo, contemplar todas sus posibilidades y no dejarse absolutamente ninguna. No moraliza ni interrumpe a sus personajes, solo cuenta sin mucho ornamento pero lo hace en detalle. Si sale un tribunal de justicia veremos uno muy creíble y la idiosincrasia de la gente que trabaja en él, sus costumbres, sus limitaciones, sus problemas… Y aunque no llegue al extremo de David Foster Wallace que parecía un nivel de escritor casi obsesivo compulsivo, tienes la sensación de que sabes lo necesario sobre el asunto que se detalla. Sin demasiada información de más. Con buen ritmo para no aburrir. Cuenta lo justo y necesario, con eficiencia de narrador perfecto. Para los admiradores como yo, lo es.
Aquí trata la historia de una jueza del Tribunal Superior, Fiona, que acostumbrada a juzgar el derecho de familia tiene un problema de ese estilo en casa. Su marido, al borde de la sesentena le dice que la quiere pero desea tener una aventura con una jovencita. Que le permita hacerlo pero que ellos seguirán como pareja. Ella desde luego se indigna y se niega y a pesar de que no mantienen relaciones sexuales desde una época que ni recuerda tampoco quiere que él lo haga. Esto la afecta, hay problemas y un trabajo psicológico de Fiona por parte de Ewan que me parece muy logrado (entre otros logros que abundan). Y entonces le cae el caso de un adolescente, Testigo de Jehová, maduro para su edad y muy atractivo. Sus padres se niegan a dar el consentimiento para hacerle una vital transfusión de sangre. Ella se meterá en el caso más de lo que pide su trabajo. Y con ese punto de partida todo serán piezas que encajen hacia el final del libro, siempre encajan con Ewan. Sigo esperando que me decepcione. O mejor no, que no lo haga nunca. Quiero seguir leyendo estas historias tan inteligentes y trabajadas dónde un escritor hace bien sus deberes y se documenta sobre los temas que analiza y no trata de adoctrinarnos sobre ellos, más bien nos deja el debate encima de la mesa. Mejor así, porque elige temas espinosos y le podrían caer polémicas injustificadas como a su compañero de generación Martin Amis (cómo deseo leer su último libro).

En “La ley del menor” volvemos a ver a la humanidad retratada desde fuera, como desde el ojo de un narrador que no quiere opinar y observa fríamente los despropósitos de nuestra sociedad, aparentemente civilizada pero en ocasiones hipócrita cuando no estúpida. Y los temas que vemos desfilar dentro son varios (la vejez, la soledad, la justicia, lo poco que nos conocemos ante ciertas situaciones inéditas…). No sé por qué no veo a este autor en los clubs de lectura de las bibliotecas. Pero bueno, que sepáis que es caviar.    

lunes, 18 de enero de 2016

Un hombre enamorado


Pues a pesar del título no veo yo que ese sea el tema principal de más de seiscientas apretadas páginas de monólogo. ¿Un hombre enamorado? Sí, el autor nos cuenta su enamoramiento. Lo hace durante algunas páginas de la novela pero cuando miro hacia atrás y pienso en lo leído, ¿siento que he leído la historia de un hombre enamorado? Como no sea de sí mismo o de escribir…
Este es el segundo tomo de una obra de seis que de manera autobiográfica describe la vida de un autor del que no sabíamos nada por aquí hasta que Anagrama comenzó a publicarlo. La obra al completo se denomina Mi lucha y comienza con  La muerte del padre, un libro con el que me aburrí y me entretuve a partes iguales a principios del año pasado. Más o menos lo que me ocurre con esta segunda parte. Aquí Karl Ove se expatria él solito de Noruega a Estocolmo. Allí continua su amistad con Geir, otro noruego intelectual y amigo del boxeo (un Hemingway norteño pero nadie parece percibirlo en el libro). Se reencuentra con Linda, una poeta que había conocido en una convención de escritores y que será su segunda mujer. Dejará a la primera para enamorarse de esta y seguramente darle un poco de sentido al título de esta segunda obra. Pero también podría haberse titulado Los engorros de ser padre cuando quieres ser escritor, La mierda del matriarcado o Vida burguesa, charlas pseudointelectuales sobre autores norteños que sólo se conocen entre ellos.
El autor se pasea por sus páginas a su aire. Como si escribiera un blog y pudiera escribir lo que le da la gana. Igual te habla de lo mal que lo lleva paseando a sus hijos por las calles suecas que se pone a charlar sobre un escritor que por aquí abajo no hemos oído en la vida o monta una cena con los amigos y se detiene unas cincuenta páginas a transcribir lo que hablaron. A veces me entretiene porque me gusta la literatura sobre literatura (también habla de autores más asequibles para nosotros, clásicos universales). Pero su problema es que cree que todo él es interesante en todo momento. De la más mínima observación te escribe largas digresiones. Parece recordar o creer recordar hasta la última fémina a la que vio y con la que fantaseó en el transporte público. Eso, unido a que es un llorica, irrita ocasionalmente. Aún así soy de los que no se han aburrido lo suficiente como para no seguir con el resto de su pequeña vida ampliada. Acaban de editar el tercer volumen por estos lares y ahora se irá a la infancia. Alguna vez, cuando tenga tiempo y ganas regresaré a sus digresiones. Sólo por poder pasear por una sociedad como la noruega o la sueca ya me ha valido la pena el viaje. Son parecidos a nosotros y a la vez distintos. Suele pasar cuando te metes en la mente de otro ser humano, que comienzas a entenderle. A ver cuando la literatura de Oriente Medio se suelta la melena y podemos saber qué ocurre en sus interiores tan alienígenas para Occidente.
En cuanto al estilo de este autor, tirando a plano, nada retórico, muy fácil de vender más allá de la intelectualidad elitista.

“No es que nazcamos iguales y las condiciones de vida hagan nuestras vidas diferentes, sino al revés, nacemos diferentes y las condiciones de vida igualan nuestras vidas.”

“Sentía una imperiosa necesidad de dormir, de acostarme en una habitación vacía, apagar la luz y simplemente desaparecer del mundo. Eso era lo que añoraba, y lo que me esperaba, horas de obligaciones sociales y parloteo, me parecía insoportable. “(esto es muy de escritor, no somos muy sociables por lo general)

“No debes creer que eres alguien.
No creas ni de coña que eres alguien.

…Solo eres una mierdecilla…Cállate, agacha la cabeza, trabaja, y sé consciente de que no vales una mierda”      (glups, este tío no se quiere, os invito a leer lo que se hace con una cuchilla en la cara cuando le dan calabazas)

Literatura amante del cotilleo. Éxito asegurado. 

domingo, 3 de enero de 2016

La mucama de Omicunlé



Si cada persona es un mundo, Rita Indiana (1977) es una galaxia.
La verdad es que he entrado medio avisado en este libro. La contraportada te da alguna idea de lo que te espera pero no llega, no puede hacerlo, lo que hay dentro es demasiado. En apenas ciento ochenta páginas. Demostración empírica de que los libros breves también pueden ser obras mayores. Algunos son más grandes que su tamaño. Y este no deja poner el piloto automático ni al lector más avezado. No te deja respirar. Tienes que estar atento en cada página porque no hay párrafo sin perla, sin idea brillante o historia inesperada… Es denso. Casi agotador. Probablemente un libro que se disfrutará incluso más si se relee ya sin la tensión de saber hacia dónde van todas esas historias caribeñas de anticipación.
Rita Indiana, además de escritora fue cantante y compositora. Mezcló el merengue con el dance y le salió algo tan marciano como lo que puedes ver por youtube. En la novela te habla de cantantes como Miss Kittin o Morcheeba, de arte moderno, de bucaneros y gente que está en pasado, presente y futuro, de ecología. Y mucho más, entren y vean.
Las claves que da la su sinopsis son estas “La historia arranca en el apartamento de la santera y asesora del Presidente dominicano Esther Escudero, llamada también Omicunlé desde que, en un rito afrocubano, se convirtiese en servidora de la diosa Yemayá. Su joven mucama, Alcide Figueroa, a la que Esther ha apartado de la prostitución gracias a la colaboración de otro personaje fundamental, Eric Vitier, está a punto de vivir una historia de pasados, presentes y futuros vertiginosa y, por momentos, aparentemente imposible.”   
La novela está ambientada en un futuro cercano a no más de quince años vista. En este Santo Domingo futurista Rita Indiana pasa una mirada inteligente e imaginativa por los temas que le interesan. Si te despistas puedes perder el hilo. O no caer en algún párrafo subrayable:

“Cuando escuchaba un término por primera vez, surgían “de la nada” un chorro de referencias, información y menciones sobre el mismo, como si el universo materializara las herramientas de aprendizaje o como si aprobara un trayecto específico de conocimiento.”

Esta novela es como una performance escrita. El postmodernismo del postmodernismo. Lo que viene después de la última tendencia y el final de la escalera de la vanguardia.
Asumo que no todos los paladares la vayan a disfrutar.

Como objeción decir que no me parece buena lectura para el metro en hora punta y con un grupo de raperos en mode free style animando el vagón. 

lunes, 14 de diciembre de 2015

"Los años de peregrinación del chico sin color"


Escribir de Murakami ahora es llegar tarde a casi todo. Se habla y se escribe tanto que poco nuevo puedes decir. Sólo tu opinión personal. Una de tantas. Todo el mundo lee a Murakami. Tengo amigos que no leen nunca salvo cuando Murakami saca libro y entonces sí, cogen un libro. Alguno me preguntó por escritores que se le parezcan. Los japoneses no le servían y tenía razón. Murakami no escribe del todo al modo japonés. Hay mucha occidentalización en él. De ahí tal vez que tenga éxito fuera de su país (aunque también hay mucho de su patria, es más bien un híbrido occidente-oriente, un puente entre dos civilizaciones no tan opuestas como se piensan). Creo que lo más cercano que encuentro a este hombre es Paul Auster. Por lo extraño de sus ambientes, esa realidad kafkiana (Kafka es un punto en común entre ambos escritores), esas citas casi frikis de los libros que les gustan, las películas, el convertir lo cotidiano en materia de lo fantástico y hacerlo de un modo poco evidente (sabemos que estamos en el mundo de lo irreal pero no siempre está claro, a veces es más una sensación que un hecho palpable). Ambos son también oníricos.
Pero volviendo a Murakami tengo que decir que yo no soy uno de sus mayores admiradores. He leído cuatro de sus novelas con esta y sí, nunca me ha desagradado del todo pero siempre o casi me costaba entrar en su mundo. Decenas de páginas dedicadas a contarnos lo que come. Leerle es desear picar algo. Su estilo se construye de pequeñísimos hechos como ir a la cocina y hacerse café, fumar, tomar Cutty Sark, comer sushi o ver cómo se cocina algo muy japonés. Después hay algo de historia. Alguna mujer de la que se enamora o se enamora de él (de carácter fuerte normalmente). Sólo en “Tokyo Blues” el ambiente me parecía menos onírico de lo normal, más posiblemente autobiográfico. En “Kafka en la orilla” todo parecía normal hasta que a la mitad del libro un gato le hablaba al personaje y ya me dije “estos japoneses dando la nota, no sabes por dónde pillarlos, y yo que me estaba creyendo el libro…”  Así que hasta la fecha sus libros no me disgustaban pero tampoco me apasionaban. Me sobraban páginas en algunos casos salvo en “Tokyo Blues” que era mi preferido a pesar de no contar gran cosa (pero la literatura japonesa es así, contemplativa y estética por encima de narrativa, o la aceptas o te vas a hacer otra cosa como lavar los platos o cualquier faena que se te esté quedando atrasada, no pierdas el tiempo que nadie te obliga a hacerlo).
Luego entraba a ver esos entusiastas blogs dónde elevan a Murakami a Nobel obligado, youtubers que lo ensalzaban (algunos hasta elogiaban las portadas del libro, hecho que me hacía salir corriendo de la crítica, los libros no se juzgan por la portada, anormales), gente que pedía como mi amigo, más escritores como este o clonar al japonés.
Cuando cogí este “Los años de peregrinación del chico sin color” lo hice más que nada porque parecía más escueto. A menos páginas, menos paja y menos escenas de charla, comida, café… Me engañaba. Murakami alimenta a sus personajes en cualquier situación. Debe pensar que si no les da de comer se morirán como si fueran reales. Pero no importa. Creo que eso le da un ritmo al libro muy particular. En este caso particular es incluso agradable. Comes con ellos y ya te puedes sentar a tomar café (yo tomé café mientras leía a Murakami para apuntarme a la fiesta gastronómica, lo admito, y hasta sugerí ir a un “japo” a mi compañera).
En este libro un tipo de treinta y seis años recuerda a los cuatro únicos amigos que tuvo en su adolescencia. Estos le rechazaron y le sacaron del grupo sin mediar excusas. Esto le marcó profundamente hasta el punto que actualmente sigue sufriendo de un modo subconsciente por aquello, eso marca sus relaciones con las mujeres. Pero Sara, la última novieta que se echa, le dice que tiene que solucionar esa cuenta pendiente con su pasado y este, un chico sin color, “un vacío que espera que lo llenen”, se deja llevar por esa opinión y se va a buscar a esos viejos compañeros de correrías. Todo eso sucede más o menos sobre la mitad del libro. No hay prisa. Esto es muy japonés, ya lo he dicho. Aunque luego debo admitir que los personajes están bien construidos, que todos tienen motivaciones y parecen reales, que sus puestos de trabajo también parecen auténticos y bien documentados, que las observaciones sobre la vida del personaje principal me parecen interesantes, que también me lo parece el misterio abierto, que el libro me entretiene y que sin ser obra maestra es de lo mejor de Murakami que he leído. Me recuerda al mencionado “Tokyo Blues” en que es menos fantástico que sus otros libros, más personal. Salvo algo relacionado con un espíritu maligno que se puede interpretar casi metafóricamente, la historia es verosímil desde nuestro mundo cartesiano.
Algunos “peros” que le achacan son que el mundo japonés es alienígena, que piensan diferente a nosotros. Que por eso mismo el final queda abierto y sin resolver.
Eso sucede por un motivo, bueno, es mi teoría. Como este escritor ha conseguido muchísimos adeptos jóvenes se enfrenta también a críticos inexpertos, algunos de ellos sólo han jugado a la consola, han visto anime y le han leído a él. No les des algo que no esté previamente masticado o se ponen nerviosos. Dicen que el libro no tiene final, que los japoneses son muy distintos a nosotros y bueno…  
La sociedad japonesa será muy distinta a la nuestra pero este autor precisamente es el más occidentalizado de los suyos que he leído, te puedes identificar con algunos de sus pensamientos tanto como cualquiera.  En cuanto al final deja cabos sueltos premeditadamente pero también suficientes claves como para que te lo montes tú mismo. No voy a contar nada porque es mejor leerlo y no estropearlo pero a mí sí me parece un libro bien rematado. En dos minutos yo mismo escribí mentalmente esa conclusión, no es difícil. Y sea como sea da para debate si te gustan esas cosas.
Este es uno de sus libros más maduros, creo que el penúltimo. Uno de los más humanos y reflexivos, altamente entretenido. Lo esencial queda explicado. El resto queda para el lector.
Creo que tendré que volver a Murakami. Y será gracias a esta novela.

“Sí, en ocasiones el talento es divertido. Es vistoso, llama la atención. Y si tienes suerte, incluso ganas dinero con él. También atrae a las mujeres. En fin, supongo que es mejor tenerlo que carecer de él… pero solo puede desplegarse cuando estás concentrado. Y si algo no funciona bien en tu mente o en tu cuerpo, si, pongamos por caso, se te afloja un tornillo o se te estropea alguna conexión, entonces la concentración, y por lo tanto el talento, se esfuma como el rocío en la madrugada. Por ejemplo, si te duele una muela o tienes molestias en la espalda, no puedes tocar bien el piano”  Escribir de Murakami ahora es llegar tarde a casi todo. Se habla y se escribe tanto que poco nuevo puedes decir. Sólo tu opinión personal. Una de tantas. Todo el mundo lee a Murakami. Tengo amigos que no leen nunca salvo cuando Murakami saca libro y entonces sí, cogen un libro. Alguno me preguntó por escritores que se le parezcan. Los japoneses no le servían y tenía razón. Murakami no escribe del todo al modo japonés. Hay mucha occidentalización en él. De ahí tal vez que tenga éxito fuera de su país (aunque también hay mucho de su patria, es más bien un híbrido occidente-oriente, un puente entre dos civilizaciones no tan opuestas como se piensan). Creo que lo más cercano que encuentro a este hombre es Paul Auster. Por lo extraño de sus ambientes, esa realidad kafkiana (Kafka es un punto en común entre ambos escritores), esas citas casi frikis de los libros que les gustan, las películas, el convertir lo cotidiano en materia de lo fantástico y hacerlo de un modo poco evidente (sabemos que estamos en el mundo de lo irreal pero no siempre está claro, a veces es más una sensación que un hecho palpable). Ambos son también oníricos.
Pero volviendo a Murakami tengo que decir que yo no soy uno de sus mayores admiradores. He leído cuatro de sus novelas con esta y sí, nunca me ha desagradado del todo pero siempre o casi me costaba entrar en su mundo. Decenas de páginas dedicadas a contarnos lo que come. Leerle es desear picar algo. Su estilo se construye de pequeñísimos hechos como ir a la cocina y hacerse café, fumar, tomar Cutty Sark, comer sushi o ver cómo se cocina algo muy japonés. Después hay algo de historia. Alguna mujer de la que se enamora o se enamora de él (de carácter fuerte normalmente). Sólo en “Tokyo Blues” el ambiente me parecía menos onírico de lo normal, más posiblemente autobiográfico. En “Kafka en la orilla” todo parecía normal hasta que a la mitad del libro un gato le hablaba al personaje y ya me dije “estos japoneses dando la nota, no sabes por dónde pillarlos, y yo que me estaba creyendo el libro…”  Así que hasta la fecha sus libros no me disgustaban pero tampoco me apasionaban. Me sobraban páginas en algunos casos salvo en “Tokyo Blues” que era mi preferido a pesar de no contar gran cosa (pero la literatura japonesa es así, contemplativa y estética por encima de narrativa, o la aceptas o te vas a hacer otra cosa como lavar los platos o cualquier faena que se te esté quedando atrasada, no pierdas el tiempo que nadie te obliga a hacerlo).
Luego entraba a ver esos entusiastas blogs dónde elevan a Murakami a Nobel obligado, youtubers que lo ensalzaban (algunos hasta elogiaban las portadas del libro, hecho que me hacía salir corriendo de la crítica, los libros no se juzgan por la portada, anormales), gente que pedía como mi amigo, más escritores como este o clonar al japonés.
Cuando cogí este “Los años de peregrinación del chico sin color” lo hice más que nada porque parecía más escueto. A menos páginas, menos paja y menos escenas de charla, comida, café… Me engañaba. Murakami alimenta a sus personajes en cualquier situación. Debe pensar que si no les da de comer se morirán como si fueran reales. Pero no importa. Creo que eso le da un ritmo al libro muy particular. En este caso particular es incluso agradable. Comes con ellos y ya te puedes sentar a tomar café (yo tomé café mientras leía a Murakami para apuntarme a la fiesta gastronómica, lo admito, y hasta sugerí ir a un “japo” a mi compañera).
En este libro un tipo de treinta y seis años recuerda a los cuatro únicos amigos que tuvo en su adolescencia. Estos le rechazaron y le sacaron del grupo sin mediar excusas. Esto le marcó profundamente hasta el punto que actualmente sigue sufriendo de un modo subconsciente por aquello, eso marca sus relaciones con las mujeres. Pero Sara, la última novieta que se echa, le dice que tiene que solucionar esa cuenta pendiente con su pasado y este, un chico sin color, “un vacío que espera que lo llenen”, se deja llevar por esa opinión y se va a buscar a esos viejos compañeros de correrías. Todo eso sucede más o menos sobre la mitad del libro. No hay prisa. Esto es muy japonés, ya lo he dicho. Aunque luego debo admitir que los personajes están bien construidos, que todos tienen motivaciones y parecen reales, que sus puestos de trabajo también parecen auténticos y bien documentados, que las observaciones sobre la vida del personaje principal me parecen interesantes, que también me lo parece el misterio abierto, que el libro me entretiene y que sin ser obra maestra es de lo mejor de Murakami que he leído. Me recuerda al mencionado “Tokyo Blues” en que es menos fantástico que sus otros libros, más personal. Salvo algo relacionado con un espíritu maligno que se puede interpretar casi metafóricamente, la historia es verosímil desde nuestro mundo cartesiano.
Algunos “peros” que le achacan son que el mundo japonés es alienígena, que piensan diferente a nosotros. Que por eso mismo el final queda abierto y sin resolver.
Eso sucede por un motivo, bueno, es mi teoría. Como este escritor ha conseguido muchísimos adeptos jóvenes se enfrenta también a críticos inexpertos, algunos de ellos sólo han jugado a la consola, han visto anime y le han leído a él. No les des algo que no esté previamente masticado o se ponen nerviosos. Dicen que el libro no tiene final, que los japoneses son muy distintos a nosotros y bueno…  
La sociedad japonesa será muy distinta a la nuestra pero este autor precisamente es el más occidentalizado de los suyos que he leído, te puedes identificar con algunos de sus pensamientos tanto como cualquiera.  En cuanto al final deja cabos sueltos premeditadamente pero también suficientes claves como para que te lo montes tú mismo. No voy a contar nada porque es mejor leerlo y no estropearlo pero a mí sí me parece un libro bien rematado. En dos minutos yo mismo escribí mentalmente esa conclusión, no es difícil. Y sea como sea da para debate si te gustan esas cosas.
Este es uno de sus libros más maduros, creo que el penúltimo. Uno de los más humanos y reflexivos, altamente entretenido. Lo esencial queda explicado. El resto queda para el lector.
Creo que tendré que volver a Murakami. Y será gracias a esta novela.


“Sí, en ocasiones el talento es divertido. Es vistoso, llama la atención. Y si tienes suerte, incluso ganas dinero con él. También atrae a las mujeres. En fin, supongo que es mejor tenerlo que carecer de él… pero solo puede desplegarse cuando estás concentrado. Y si algo no funciona bien en tu mente o en tu cuerpo, si, pongamos por caso, se te afloja un tornillo o se te estropea alguna conexión, entonces la concentración, y por lo tanto el talento, se esfuma como el rocío en la madrugada. Por ejemplo, si te duele una muela o tienes molestias en la espalda, no puedes tocar bien el piano”  

lunes, 30 de noviembre de 2015

"El Reino"


De Emmanuel Carrère leo casi todo lo que se publica en España. Lo descubrí con “El adversario” y desde allí hasta ahora me suelo interesar por lo que escribe. Unas veces me convence más que otras. Pero hay algo en sus libros que se me hace muy cercano. En estos casi siempre emplea una estructura similar. Mezcla su vida o lo que podría ser su vida con la del personaje real del que suele escribir. Confecciona una vida cotejando la autobiografía con la vida ajena. “De vidas ajenas”, por cierto, es otro de sus libros más premiados. Hace años hicimos una lectura conjunta una bloguera y yo. En esos comentarios yo empiezo despreciando un poco al autor y al final me acabo rindiendo a su libro. Y eso es tal vez porque se muestra tan supuestamente íntimo en sus confesiones que realmente parece que sea él y que lo narrado sea su vida y esta no sea precisamente ejemplar (a la interpretación de cada cual dejo si inventa o actúa).  
En “El Reino” nos habla de los evangelistas. Desde el punto de vista de alguien que creyó hace más de veinte años y luego se hizo agnóstico. De algún modo entiende mejor a los creyentes porque se ha contado como uno de ellos, ha militado en sus filas. Actualmente está en las filas de los escépticos y se le nota en sus pasajes más humorísticos.
Aquí regresamos con las supuestas confesiones sobre su vida. Abrimos el libro con un larguísimo prólogo en el que nos habla de su participación en la serie de muertos que resucitan para televisión que le tuvo como guionista. Entiende que Jesús también es un famoso muerto que resucitó. Como en la serie francesa, fue un resucitado entero, nada de un cadáver apestoso a lo “Walking dead” con ganas de comer carne humana. Esto le hace reflexionar al autor sobre su relación con esta religión. Cómo pudo creer algo tan bizarro como que alguien resucitara. Yo también me lo pregunto así que me leo sus quinientas páginas y bueno, independientemente de que la respuesta sea satisfactoria, sí es satisfactorio el recorrido por ese mundo en el que todavía Jesucristo sólo era un mesías más que decían que había regresado del otro lado. Cómo se forja una religión tan importante y cómo el tiempo que la vivió ignoraba por completo lo que le esperaba. Para eso está la Historia, para desmitificar. Porque a muchos se les van a venir algunos mitos a pique.
En cualquier caso creo que es un libro disfrutable para creyentes o no creyentes. El autor no se dedica a la burla, lo deja claro en sus pasajes más importantes (el título del libro sale de uno de esos máximos pasajes clave de respeto que no desvelaré por no matar las sorpresas a nadie). Simplemente busca en las fuentes y lo hace durante años. Se apoya en gente de la Iglesia y en gente que está fuera de esta. Se esfuerza por ser objetivo, algo que no se puede lograr al cien por cien pero premiemos siempre el intento. Alguien dice por ahí que está en estado de gracia cuando lo escribe. Yo creo que también. Le gusta lo que hace y se le nota. Pasado ese largo prólogo que para mí supone el único pero de la novela, consigue que me interese por las vidas de Pablo, Marcos, Lucas, Juan… algo que hasta la fecha debo admitir que me resbalaba bastante. Se convierte en novela y en novela interesante. Yo he disfrutado especialmente con las incoherencias de un libro como “La Biblia” que se supone dictado por Dios y que sin embargo, visto desde la mente de un novelista deja cabos sueltos, tiene redundancias, contradicciones clarísimas, un dibujo incoherente de los personajes (ese Jesús iracundo en unos evangelios y tan pacífico en otros es impagable). Pero es lo que hay. Tenemos Biblias en cualquier lugar si no creemos a Carrère. Y no creo que a ningún Dios verdadero le importe que la gente ría. Estoy seguro de que le debe molestar más lo de matarla o torturarla. Pero dejémoslo. Tampoco soy objetivo. Sólo recuerden que esto no es novela histórica, novela moderna o autobiográfica, ensayo, comedia, blog novelado… es un poco de todo y más.
Para mí, lo mejor de Carrère.

“Dice que es extraño, si te paras a pensarlo, que personas normales, inteligentes, puedan creer en algo tan insensato como la religión cristiana, algo del mismo género que la mitología griega o los cuentos de hadas”    

Sobre la conversión de Pablo:

“El Pablo de antaño se había convertido en un monstruo para él, y Pablo se había convertido en un monstruo para el hombre que había sido antaño… Habría rogado a Dios que le matase, como los héroes de las películas de vampiros obligan a jurar a sus compañeros que les traspasarán el corazón con una estaca si llegan a morderles. Pero eso es lo que se dice antes. Una vez contaminado, sólo piensas en morder a tu vez…”     

lunes, 23 de noviembre de 2015

Ventajas de viajar en tren




Dos personas se encuentran en un tren. Pero no, antes hay un párrafo que te introduce vertiginosamente en la novela. Una mujer encuentra a su marido totalmente ido y lo interna en un psiquiátrico. Luego es cuando se produce ese encuentro ferroviario. Y en esta corta novela no para de suceder de todo. También podría ser tomada como un montón de narraciones independientes. Porque todo se va enredando hasta que finalmente nos lo desenredan con limpieza. Pero antes hay personajes hablando y contándonos su vida. Y qué vidas.
Aunque ya veis que lo mío no son los argumentos. Estoy más por la labor de ver qué tal escribe el que las cuenta. Y Antonio Orejudo, un madrileño cosecha del 63 es bueno de verdad. Tiene un ritmo que ya lo quisiera para sí cualquier adolescente pastillero de fin de semana, es un chunda, chunda literario total. Orejudo te engancha y más vale que estés atento porque te explica historias dentro de otras historias y a su vez dentro de otras.
Este libro ya empieza a estar cubierto por el polvo de los años, es un premio Andalucía de Novela del 2000 pero aún goza de cierto culto en ambientes blogueros y literarios. Lo he visto reseñado en varios blogs más recientes. Creo que no me equivoco al decir que se sigue leyendo. Y se ha reeditado sin lugar a dudas. Yo lo he leído en versión de Alfaguara pero me ha parecido verlo en Tusquets. Bueno, son editoriales en las que recalo con frecuencia si bien soy muy de Anagrama. De hecho soy un adicto a Anagrama que ya se va abriendo, por fin, a otros territorios como Periférica, Destino, Random House… Lo que sea. Da igual. Los editores ya son muy variados. En el mismo sello y colección te encuentras autores cada vez más variopintos. Si no te gusta uno de la empresa no lo pagues con otros que tal vez sí sean interesantes. Luego está que ciertos diseños de ciertas colecciones te gusten más o menos pero bueno, que los libros no se juzgan por las cubiertas.
Esta novela me ha animado con unos cuentos propios que tenía por ahí a medias muy transgresores. Si a Orejudo le dejan publicar estas barbaridades ya es que se puede con todo. A ratos rozan el absurdo pero tengamos en cuenta que alguno de sus personajes están literalmente para que los encierren y de hecho ya lo están. Encerrados. Con camisa de fuerza. Así es creíble que lo que ocurra quede a medio camino entre el delirio de un loco y la realidad. ¿Es real lo que sucede? ¿Es una mentira del personaje más loco de la historia? Piensa lo que quieras pero me he sorprendido riéndome bastantes veces con las salidas más cafres de este autor. Parece que le gustan los caminos grotescos.
Me gusta de un escritor que descubro, el saber que cuando acabe la novela me esperan otras suyas y la posibilidad de repetir las gratas experiencias vividas con la que te ha hecho disfrutar tanto. Tengo unas cuantas más pendientes que caerán fijo.
Como siempre, hablo de lo que leo sabiendo que este libro (como cualquier otro) no es para todos los públicos. Tú verás.
Por si acaso te dejo el primer párrafo para que veas por dónde va el asunto y ya si eso, seguro que lo tienes en tu biblioteca. Puede que en la librería pero aquí tirarán por las novedades.  

“Imaginemos a una mujer que al volver a casa sorprende a su marido inspeccionando con un palito su propia mierda. Imaginemos que este hombre no regresa jamás de su ensimismamiento, y que ella tiene que internarlo en una clínica para enfermos mentales al norte del país. Nuestro libro comienza a la mañana siguiente, cuando esta mujer regresa en tren a su domicilio tras haber finalizado los trámites de ingreso, y el hombre que está sentado a su lado, un hombre joven, de nariz prominente, ojos saltones y alopecia prematura, que viste un traje azul marino y lleva sobre las rodillas una peculiar carpeta de color rojo, se dirige a ella con esta pegunta tan peregrina:
-      ¿Le apetece que le cuente mi vida?”